2017: Refugiados sin refugio

La Veranda de Rafa Rius

Ahora que se acerca el fin de año y, por más que resulte convencional a la hora de hacer balance el circunscribirse a los años naturales cuando sabemos que, de un lado la precariedad y de otro la iniquidad de demasiados humanos no sabe de calendarios, parece que toca analizar cómo ha ido la trayectoria de los refugiados sin refugio durante el año que está en trance de acabar, sobre todo ahora que las calles y escaparates se visten de lucecitas de colores para celebrar la gran verbena anual del consumismo más desaforado y amnésico. Todo ello en un contexto en el que los códigos éticos vigentes no son sino mecanismos para la subordinación de los individuos a la voluntad de los intereses del consumo. Mientras nos ajustamos a los patrones de conducta que otros han establecido para que nosotros compremos más y más a menudo, nunca hacemos lo que creemos querer hacer porque los condicionamientos sociales comerciales están diseñados para ser más fuertes que nuestra capacidad crítica acerca de los mismos. Paralelamente, desde los “medios de formación” se desarrolla una estrategia de fomento de la amnesia hacia otras realidades sociales como la pobreza, la desigualdad social o los migrantes-refugiados perseguidos y estigmatizados, que con su sola mención podrían alterar el ritmo desenfrenado de compras navideñas y la digestión satisfecha de los que tenemos algo que comprar.

Por centrarnos en el tema de los refugiados, como señalaba Joaquín Arango: “En los últimos tres años, la gran protagonista, a su pesar, ha sido la inmigración forzosa, personificada en el millón muy largo de refugiados que, principalmente a través del Mediterráneo, han entrado 
en Europa procedentes de Siria, Afganistán, Irak,
Somalia y otros países que atraviesan circunstancias trágicas. Ello ha dado lugar a la mal llamada
«crisis de los refugiados», en su doble vertiente
de masiva catástrofe humanitaria y de gravísima
crisis para la Unión Europea. Se trata de una crisis multidimensional que está suponiendo un colapso
 del sistema europeo de asilo y refugio; una falla
 sistémica de la solidaridad hacia los migrantes y entre los estados miembros; reiteradas vulneraciones de la legislación comunitaria e internacional; una peligrosa erosión de la autoridad de las instituciones comunitarias; una amenaza para la libre circulación en el espacio Schengen; una agudización de las fracturas Norte-Sur y Este-Oeste en la UE; y una inyección de combustible para el ascenso de la xenofobia, los sentimientos antiinmigración y el euroescepticismo.” Cabría señalar por lo que se refiere al espacio Schengen como ámbito de libertad de circulación, que ya no se trata de una amenaza a su supervivencia, sino que en la práctica ya ha desaparecido. También habría que mencionar el hecho de que las fracturas de la solidaridad no sólo se han producido en el ámbito continental sino que en el interior de cada país han crecido notablemente los partidos xenófobos y ultranacionalistas con lo que el proyecto de Unión Europea se encuentra en estos momentos en vías de extinción.
En la historia más reciente, la llamada crisis de los refugiados ya había comenzado en 2014, con el trágico tráfico entra las costas de Libia y la isla italiana de Lampedusa, con el corolario de miles de ahogados en el Mediterráneo como insoportable testimonio. Alcanzó su punto más dramático en 2015, cuando su centro de gravedad pasó de Italia a Grecia y de ahí se extendió a buena parte del continente, a lo largo de la ruta maldita de los Balcanes, repleta de fronteras blindadas, hasta llegar a Alemania y Suecia, los principales destinos. En este final de 2017, la situación, lejos de mejorar se ha agravado más si cabe. Por una parte, Turquía y Grecia están saturadas, por otra Alemania y Suecia, con emergentes y fuertes partidos xenófobos y los países del Este que, contraviniendo todos los acuerdos de la Unión Europea, se niegan a aceptar a un solo refugiado, presentan un panorama poco halagüeño para la libre circulación de las personas. Por lo que se refiere a el Estado Español, faltando de manera flagrante a todos los compromisos adquiridos en cuanto al cupo de migrantes refugiados, cuando a finales de septiembre expiró el plazo acordado por la UE para la reubicación y reasentamiento de refugiados, el Gobierno español sólo había acogido a algo más de una décima parte del cupo comprometido. Por otro lado, sigue inflexible en su política represiva, con los ilegítimos Centros de Internamiento de Extranjeros funcionando a pleno rendimiento y unas deportaciones selectivas que no cesan.

Así las cosas, ahora que se acerca el solsticio de un duro invierno -eso que con eufemismo desvergonzado denominan “entrañables fiestas navideñas”- habría que seguir recordando y luchando por todos los migrantes y refugiados, tanto los que intentan llegar desde fuera como los que al lado nuestro duermen entre cartones en los rincones de nuestras ciudades.

No hablo de caridad sino de ayuda mutua y justicia social.

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