La kermés heroica

El Vaivén de Rafael Cid

Rafael Cid

Un inicial 155 blando sumado a una posterior coz de la Fiscalía y la Audiencia Nacional contra un Govern y un president de la república catalana a buen recaudo, mientras el partido que les sustenta acepta las elecciones de la monarquía, es un maremágnum de proporciones bíblicas que no augura nada bueno para los nuevos súbditos. Un extraño viaje a ninguna parte que redundará en la vuelta al redil de las dos tramas corruptas en conflicto: el PP de la Gürtel y los ex-independentistas sucesores del partido del tres por ciento. Se reedita así aquella escena de la transición que echó a andar cuando el PSOE histórico, republicano en el exilio, fue suplantado por el PSOE del interior, monárquico y renovado.

El protonazi Carl Schmitt está de moda. No solo le han redescubierto los ideólogos del neoleninismo postmoderno como Badiau y Zizek, aparte de los teóricos del populismo Laclau y, Mouffe, sino que sus planteamientos parecen estar en la base del argumentario de la mayoría parlamentaria que ha proclamado la república en Catalunya. Aquel “es soberano quien posee el derecho a decidir” del jurista alemán nacional-socialista se ha convertido en la divisa de los nuevos republicanos al aceptar concurrir a las autonómicas del próximo 21 de diciembre. De esta manera el codiciado derecho a decidir colectivo, que estaba en la base movilizadora del procés, ha mutado en el derecho a decidir de una élite. Y todo ello precisamente después de que se hubiera abrazado esa meta soberanista. Puro realismo mágico.

Así que nos encontramos con otra levitación política, tras la inicial del 10 de octubre perpetrada por Puigdemont, y una secuela de intriga sobrevenida de padre y muy señor mío. Como las batallas del Cid Campeador después de muerto. En esta nueva edición del “sí pero no”, verbalizada desde la clandestinidad a que les ha sometido la activación del artículo 155, Puigdemont, Junqueras, Forcadell y lo que le cuelga han decidido volver sobre sus pasos des-pa-ci-to. Desde las altas cimas de la republica catalana recién estrenada acatan lo que dispone la monarquía que acaban de licenciar. Hay un método en su locura. Pero también un paisaje que reivindica en su espasmo aquella cita de Emma Goodman “si votar sirviera para algo estaría prohibido”, abonando a la postre la solvencia del vilipendiado abstencionismo.

La Segunda Transición ha llegado y nadie, salvo Mariano Rajoy emulando a Adolfo Suarez, sabe cómo ha sido. Ha ganado una vez más el bendito consenso. O lo que otros, para ocultar sus propias inclinaciones, denominan “una correlación de debilidades”. Como ocurrió con el alumbramiento del Régimen del 78, al que la república catalana nasciturus pretendía poner fecha de caducidad. Derechas e izquierdas borbónicas, juntas y revueltas, han convenido finalmente que es más lo que les une que lo que les separa. Decisionismo paleto versus soberanismo de frasca.

A nadie que no haya comprado un décimo le toca premio en la lotería. Por eso el encuentro del 21-D exigía que Puigdemont-Rajoy / Rajoy-Puigdemont intercambiaran sus papeletas en la decisiva partida del pin-pon jugada días atrás con la solución electoral sobre la mesa. Lo que explica que el piadoso Junqueras se encomendara al Altísimo cuando le llegó el turno de glosar la magna obra de la independencia y que ahora confiese que deberán tomar “decisiones que no siempre serán fáciles de comprender”. No menos que el misterio de la Santísima Trinidad. Sabíamos que Rajoy era capaz de soplar y sorber al mismo tiempo, pero ignorábamos que el primer acto del govern de la flamante república catalana iba a ser ponerse a las órdenes de la aborrecida monarquía borbónica.

Decisionismo, pues, y menosprecio de la voluntad de millones de catalanes expresada en las urnas el 9-N y del 1-O, por no hablar de la firma del compromiso con “el mandato popular” por los 72 el 10-O y su formalización parlamentaria mediante voto secreto el 27-O. Una aportación histórica a los anales del maquiavelismo político del todo a cien que renueva el ya ingente arsenal de tretas, melonadas y espejismos de la clase política hasta la fecha conocidos. Antes la argucia se resumía en cambiar algo para que todo siguiera igual. Ahora estamos ante un matrix que rebasa sideralmente lo aportado por Lampedusa. Aquí y ahora la cita podría quedar en “lo cambiamos todo para luego hacer los que nos dé la gana”. El fiasco del Plan Ibarretxe fue más digno.

El día de autos, 21-D, habrá elecciones autonómicas no constituyentes. Concurrirán aquellos que han protagonizado una fuga hacia delante que les ha llevado audazmente de regreso a la casa común. Exhaustos por tamaño esprint, y con la asistencia de otros compañeros de viaje que antes eran reacios porque “no había garantías”, el PDeCAT, ERC (ambos retienen su acta nacional en el Congreso y el Senado) y CeC, abrevarán en el bóxer que tiene reservado el Estado para sus VIP más exigentes. De esta forma el famoso seny se impondrá una vez más al paso alegre de la paz que marca Madrid villa y corte. Porque la guerra de banderas precedente ha facilitado la mejor campaña electoral que podrían imaginar los cruzados de la unidad de España. El premio gordo será para un PP recauchutado en el oropel ucedista, dejando la pedrea a la izquierda borbónica del ande yo caliente. Eso computado en el balance de los profesionales de la política atragantados con su propia saliva. ¿Y los amateurs de la Candidatura de Unidad Popular? Si su compromiso de coherencia no lo remedia, y prevalece su impronta de “candidatura”… puntos suspensivos. La kermés sucederá al procés.

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