Noria

La Veranda de Rafa Rius

El tiempo de los relojes es redondo y pasa sus días encerrado en una urna de cristal. Cada doce horas repite su camino inacabable. Se diría una noria a la que todos vamos enganchados inevitablemente.

Vivimos instalados en la gran mentira de los relojes circulares. Una y otra vez esos palos de noria, las agujas, giran sobre si mismas, marcando un tiempo circular que nos engaña. Tal parece que todo vuelva a recomenzar cada medio día, cuando de sobra sabemos que el tiempo es lineal y fluye de continuo, huyendo de nosotros hacia un futuro infinito. Infinito para él porque para nosotros, tiempo significa tiempo de vida y cuando bajemos o nos bajen el telón, nuestro tiempo desaparecerá con nosotros. El reloj es la cárcel de cristal del tiempo y por muchas vueltas que le demos a la esfera nunca lograremos evadirnos de la noria.

Otra gran mentira la constituyen los calendarios. Los días, los meses y las estaciones se suceden aparentemente inacabables y cuando llega cada primavera nos venden el eterno engaño de que todo puede recomenzar, mientras el tiempo fluye siempre hacia otros horizontes y todo sigue inexorable a nuestro alrededor.

Por eso, cuando algunas personas por ingenuidad o artimaña, utilizan la palabra inmortalidad, cometen el incalificable desliz de situarse al margen del tiempo como si ello fuese posible, como si nuestra muerte, como punto final ineludible, no nos esperara a la vuelta de cualquier esquina. Incluso en sentido figurado, cuando hablamos de la inmortalidad de una obra de arte estamos incurriendo en una grave mistificación. La obra de arte no puede ser concebida al margen de quien la creó y, si esa persona ya no está entre nosotros, de poco le sirven los honores póstumos que no son sino el producto del narcisismo y el autoengaño de quienes nos creemos mejores por saber apreciar la grandeza del difunto; una grandeza que, en muchos casos, le habríamos regateado durante su tiempo de vida.

Antes de que a los suizos, llevados por un clima extremado, les diera por quedarse en casa y ponerse a investigar el complicado mecanismo que intenta acotar el transcurso de las horas, existían los relojes de arena y las clepsidras de agua: el tiempo cambiaba de cárcel pero seguía encerrado y mareado; venga dar vueltas arriba y abajo en el inútil afán de medir lo inconmensurable. Porque el tiempo no lo controla ni dios que, al fin y al cabo, es un invento humano y por tanto sometido a la tiranía del destino de la gente que lo creó y lo cree.

Ensimismados en una actualidad que se nos presenta aparentemente atemporal, y cuando las cosas que ocupan extenuantes la actualidad, parecen eternas como, pongamos por caso, el llamado “problema catalán”, desaparezcan por fin de nuestro presente aparentemente ineludible, comprobaremos que “todo pasa y nada queda, porque lo nuestro es pasar…”. Desaparecerá Catalunya y desaparecerá España y desaparecerá la Unión Europea… Creemos que lo que pasa, no pasa; que los acontecimientos cotidianos se hallan instalados en una suerte de foto fija que los sustrae a su transcurso. ¡Vano intento! Lo que hoy es noticia de portada, la semana que viene será polvo de hemeroteca. Aquello que ahora parece condicionar de manera indeleble nuestras vidas, en un futuro cercano será pasto del olvido.

Así que, , cuando el tiempo de nuestras vidas esté por dejarnos atrás, cuando el futuro permanezca agazapado y breve a nuestras espaldas y delante no haya más que recuerdos, sólo nos restará seguir caminando con determinación y de la manera más digna posible hacia un horizonte incierto e inexorable.

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