La democracia que agrada al Príncipe

El Vaivén de Rafael Cid

Sin justicia, ¿qué serían en realidad los reinos sino una banda de ladrones?

(Agustín de Hipona)

Rafael Cid

El bipartidismo ha vuelto. Y todos saben cómo ha sido. Por arte de birlibirloque, con estocada incluida. PP y PSOE, la misma casta es, han decidido imponer su democracia cuartelera a toda Catalunya. Ni 155 avant la lettre, ni intervención agresiva sobre sus instituciones, no vaya a ser que cante demasiado para el criterio de la opinión pública europea que nos observa. Más extravagante si cabe: votar cómo, dónde y cuándo ellos quieran. Como dice dice el portavoz de Ferraz: un 155 despacito. “Breve y muy limitado”, en la taimada jerga de José Luis Barbero. Un individuo que aprendió política como miembro del servicio de orden del PCE carrillista para reprimir a los camaradas republicanos del partido.

Quien no se contenta es porque no quiere. O porque está de vuelta sin haber ido. Desde luego, el tándem dinástico hegemónico ha bordeado el surrealismo a la hora de encarar el “desafío catalán”. Al menos en este momento procesal concreto. Luego, Dios y las sagradas escrituras del régimen del 78 dirán. A malas, a Rajoy y Sánchez (el homónimo que no está en chirona aunque milita en la inopia) siempre les queda mandar a las Fuerzas Especiales, como hizo Aznar ante el peligroso reto de Perejil. A la patriótica manera: “Al alba y con tiempo duro de levante”.

¡Qué bochorno! ¡Qué vergüenza! ¡Qué iniquidad! De forma y manera que se impide votar a los catalanes para expresar su libre voluntad en referéndum, y ahora viene la autoridad (in)competente habitual y les obliga a votar como a ella le da la real gana. ¡Alucinante! Y precisamente, fruto del consenso entre el gobierno del Partido Popular, el de los volquetes de putrefacción, y el primer partido de la oposición PSOE, el de la plurinacionalidad de pitiminí. Tal para cual. El duopolio que quedó relegado a la insignificancia en las últimas elecciones autonómicas en Catalunya. ¡Un derroche de estulticia! Una magnífica manera de conmemorar el ochenta aniversario de las primeras “elecciones democráticas”, celebradas con presos aún en la cárcel, para inaugurar el tránsito de la dictadura a lo que ahora toca. La democracia que agrada al príncipe: golpe a golpe

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