El síndrome del nudo gordiano

La Veranda de Rafa Rius

Cuentan que en el año 333 Antes de Nuestra Era, Alejandro de Macedonia, joven conquistador de vastos territorios, llegado que fue en sus militares andanzas a la ciudad frigia de Gordia, en la actual Turquía, fuele presentada una cuádriga de combate con un nudo tan intrincado en sus arneses, que nadie había logrado desatarlo. Referían viejas leyendas que aquel que lograra desenredarlo sería el dueño de toda Asia. Alejandro, al parecer poco amigo de complicarse la vida, con un violento tajo de su espada solucionó el problema, al tiempo que -según el historiador romano Quinto Curcio Rufo- pronunciaba estas palabras: “-Tanto da cortar como desatar”.

Pues bien, persiste en muchos políticos e incluso entre numerosas gentes de a pie, lo que podríamos denominar el síndrome del nudo gordiano. En castellano existen muchas expresiones al respecto: “cortar por lo sano”, “tirar por la calle de en medio”… “Yo eso lo arreglaba enseguida dando hostias como panes…”, “se aplica el artículo 155 y solucionao…” Peligrosa e inútil tentación que incide una vez más en la inconmensurable dimensión de la estupidez. Sostiene el profesor Carlo M. Cipola en su estimable opúsculo sobre las leyes fundamentales de la estupidez humana que las personas estúpidas son aquellas que ocasionan perjuicios a otras personas sin obtener beneficio alguno para ellas mismas o incluso saliendo ellas mismas perjudicadas.

Estos sujetos, cargados de desmesuradas ínfulas militaristas tanto como de razonamientos escasos y disparatados, pretenden que la mejor manera de solucionar cualquier conflicto es mediante el recurso a la violencia, “a las bravas”. Sin que ellos obtengan otro beneficio personal que el insistir en su empecinamiento suicida, perjudican gravemente a quienes osan interponerse en su camino.

En la actualidad, una genuina situación de nudo gordiano la podemos encontrar en el conflicto catalán. En un contexto caracterizado por su complejidad, cualquier tentación de dar un tajo en el transcurso de los acontecimientos sería, además de una estupidez, una grave torpeza de consecuencias imprevisibles. Tras la negación de un derecho que debería ser tan fundamental como el de que las personas puedan votar para decidir sobre su destino y frente al despropósito de las voces españolistas patrioteras que reclaman la revocación para Cataluña del artículo151 de la Constitución, la aplicación inmediata del 155 y hasta la intervención directa del ejército. Frente a tanta sandez instalada en el Estado y el Gobierno español y, por otra parte, tanto despropósito, inconsistencia e incoherencia por parte del independentismo catalán, sólo queda oponer el recurso a la paciencia y la negociación. Una situación tan complicada y confusa no está para tentaciones alejandrinas conducentes a un futuro inmediato más que oscuro, mediante el incierto recurso de dar un tajo de espada al nudo gordiano catalán.

Por otra parte, cuando se planteó la cuestión independentista por última vez, hace ya bastantes meses, hubo voces sensatas que recordaron lo que debería ser obvio, a saber, que, frente a los anhelos soberanistas y de manera tan lamentable como incuestionable, no podíamos en ningún caso ignorar que vivimos en el seno de un sistema capitalista de economía de mercado y por tanto, la independencia catalana sería posible sí y sólo sí, las grandes empresas y los capitales financieros con sede en Catalunya, hacían cuentas y los números les salían. Es bien sabido que el capital no tiene otra patria que allí donde obtenga el máximo beneficio; para sus valedores, todo lo demás es metafísica y poesía. Ahora, cuando estamos contemplando el patético y aleccionador espectáculo de las ratas financieras abandonando en tropel el barco que conjeturan que se les puede hundir, lo estamos comprobando sin sorpresa. Entretanto los compañeros, supuestamente anticapitalistas de las CUP, es de suponer que a estas horas se anden preguntando perplejos que demonios pintan subidos al mismo barco del muy capitalista – y corrupto, valga el pleonasmo- PdeCAT.

Así que, lo lamento estimado Alejandro. Tal como está el patio, no es lo mismo cortar que desatar. Cortar –literal o metafóricamente- es un acto de violencia que destruye, impidiendo cualquier posterior arreglo mientras que desatar supone un acto de sabia paciencia que, al desentrañar la complejidad, permite reutilizar aquello que ha sido desenmarañado.

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