No és aixó, companys, no és aixó

Artículos Perecederos. Antonio Pérez Collado

Antonio Pérez Collado

Creo que comparto el pensamiento de la mayoría de las gentes libertarias de este país, o conjunto de países ibéricos, si digo que estamos satisfechas y orgullosas del importante papel jugado por nuestros compañeros y compañeras catalanes en la huelga general del 3 de octubre. Podemos estar contentos porque, después de tantos años de separaciones y desencuentros, hemos visto un manifiesto y una convocatoria de lucha firmados por el conjunto del anarcosindicalismo y por la mayoría de los grupos libertarios de Cataluña. Y hemos de estar orgullosos también porque se ha realizado un gran trabajo y se ha conseguido demostrar una capacidad de organización y movilización importante. Que los medios de desinformación hayan intentado ocultar el seguimiento de la huelga, dando el protagonismo al “paro cívico” pactado por el Govern, las patronales y el sindicalismo institucional, demuestra muy claramente que al capital y a la clase dirigente (catalana y española) les siguen produciendo nerviosismo las ideas y las acciones del pueblo trabajador organizado.

Ante la represión policial y frente a la persecución de unas ideas, con las que seguro tenemos nuestras discrepancias, no cabía otra respuesta que salir a la calle a defender las libertades de opinión, expresión y participación. A lo largo de la historia el anarquismo siempre ha estado con los individuos, los colectivos y los pueblos que luchan por sus derechos. Hoy lo seguimos haciendo y espero que se haga en el futuro tan complejo que amenaza a las nuevas generaciones.

Dicho lo precedente y dejado claro que estos días hemos estado de corazón y en la calle -donde se ha podido- con nuestros hermanos de Cataluña, quisiera reflexionar brevemente sobre la situación que se está dando en esa querida tierra. Nadie ignora a estas alturas que hay un proceso de cariz nacionalista (aunque se le defina solo como independentista) cuyo objetivo no es otro que la creación de un nuevo estado. Es cierto que existen corrientes –justamente las que se definen como independentistas a secas- que aseguran que lo del nuevo estado catalán es un principio, una vía hacía una sociedad autogestionaria, más libre e igualitaria. Sin dudar de sus buenas intenciones, no parece que quienes manejan las riendas del “procés” compartan esos libertarios objetivos.

No se puede pensar ni por un momento que el sindicalismo libertario y el anarquismo no hayan estado siempre con el pueblo trabajador catalán. Es más; escuchas nombrar al anarcosindicalismo y automáticamente piensas en Barcelona, en Cataluña. Te vienen a la memoria la huelga de la Canadiense, la Escuela Moderna, las colectivizaciones, las barricadas y columnas confederales de 1936, la guerrilla anarquista contra la dictadura, Salvador Puig Antich, Agustín Rueda y tantos impulsores de la Utopía que dieron su vida por la libertad y la justicia.

Hoy las cosas han cambiado mucho y la clase trabajadora, en caso de existir, también. Pero continúa habiendo espacio para el proyecto autogestionario; nuestra idea sigue viva y vivificando las luchas más prometedoras e ilusionantes de estos años. Nuestro mensaje, actualizado y renovado, puede llegar a mucha gente desengañada de las traiciones de los grandes partidos y sindicatos. Es cuestión de tiempo, y de trabajo; de ilusión y de constancia. Como siempre ha sido para los que luchan contra los poderosos.

La experiencia y el éxito del 3-0 deberían impulsar nuevas y grandes movilizaciones contra el paro, en defensa de las pensiones, por la derogación de las reformas laborales, contra los recortes, por la sanidad y la educación públicas y de calidad, etc. Sería la demostración de que la cosa va más allá de reclamar un nuevo DNI.

Nuestro sitio sigue estando en el tajo, en el barrio, en las aulas, en la calle. No hay atajos ni podemos esperar otros aliados que la gente que sufre la misma explotación y la misma represión. El debate sobre estado y nacionalismo está abierto, como en tiempos de Malatesta o Mella. Y, a pesar de lo que parezca, no se han producido grandes novedades. Los estados siguen gobernando a los pueblos y el pensamiento anarquista oponiendo su alternativa de libre federación.

Las instituciones acaban engullendo a quienes creen que desde dentro se pueden hacer más rápidamente los cambios revolucionarios que soñamos. Lo hemos visto con la socialdemocracia, con el comunismo, con los verdes, etc. Ahora, tras la crisis de la izquierda (que también ha afectado al anarquismo) se produce el regreso a la idea de grupo, de nación, como una forma de resguardarse, defenderse de todos los peligros para los que las ideologías en descomposición no tienen respuesta. Vano intento, puesto que el capital y la obediencia ya se han instalado en nuestra forma de vida. Somos rebaño sin notarlo.

El ideal libertario ha de ir más allá de las fronteras y los gobiernos, actuales o en gestación. Construir sociedad autogestionaria, recuperar todos los derechos perdidos por la clase trabajadora, defender nuestro entorno, formar mentes libres y solidarias. Ese es el duro e ingrato papel de la militancia anarquista del siglo XXI. Una cosa es defender al que es reprimido por su idea de crear otro estado, y otra muy distinta es que suspendamos excepcionalmente -quizás por ósmosis- nuestra oposición firme a Estado y Capital. Creo que no es ese el camino, compañeros y compañeras.

Antonio Pérez Collado

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