Qué lástima

Desde la franja de Mieres. Abel Ortiz

León Felipe (Tábara, Zamora, 1884-Ciudad de México 1968) no tenía patria, ni comarca, ni tierra provinciana, ni espada, ni un sillón viejo de cuero, ni una casa blasonada, ni un abuelo que ganara una batalla; Un paria con un libro y una capa.

Aún así, releído por Gato Pérez, rumbeao, tornó a visitar aquella Barcelona que conoció revolucionaria. Poetas argentinos, músicos ciegos, Ringo Kid, la ciudad de los prodigios, epidemias de ratas azules, la curva del Morrot.

Cosas pequeñas, de poetas parias sin palabras como fardos.

Las grandes palabras, y las hostias, como panes y peces, se multiplican sin milagro alguno. Hasta que un día la gente se enfada y llueven las palabras y las hostias. A cántaros. Las palabras tienen dueños y las hostias siempre son para los mismos.

Brossa, o León Felipe, los poetas y los músicos de las cosas pequeñas, al sur de todo, no ordenan dar hostias, legales o ilegales, ni se llenan la papada de palabras con mocos. Para eso es necesario ser, por lo menos, registrador de la propiedad.

Un registrador de la propiedad no es cualquier cosa. Es el notario del capitalismo. Da fe, como la hostia consagrada, de quien es el dueño de esto, de aquello, de todo. De la patria, de la comarca, de la tierra provinciana, del sillón y de la espada.

Qué lástima.

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