Bajo las urnas no está la playa

El Vaivén de Rafael Cid

Ciudadano es el que participa de la potestad

de legislar y de juzgar”

(Aristóteles. Política)

Rafael Cid

A estas alturas ya queda claro que habrá referéndum sí o sí. Con urnas o sin urnas, la gente se movilizara masivamente el 1-O hasta no ofrecer ninguna duda que la decisión mayoritaria del pueblo catalán es asumir su derecho a decidir. Otra cosa es que ello suponga la declaración unilateral de independencia. Eso queda para un partido de vuelta aún sin fecha en el calendario. Para cuando se logre desactivar a la sociedad civil organizada que hoy dinamiza y profundiza el procés. Se utilizara la misma técnica que cuando se promocionó en todas las televisiones a los líderes de la startup Podemos para frenar la imbatible oleada del 15-M. Solo que en esta ocasión el objetivo es la Candidatura de Unidad Popular (CUP).

Se veía venir. Los calculados gestos de todos los actores implicados dejaban entrever sus ocultas intenciones. Por parte del gobierno, haciendo una exhibición de fuerza para justificar ante sus votantes y asimilados la razón de Estado. Pero sin pasarse de vueltas y dejando la aplicando del 155 en la reserva. Una cosa es desmontar el equipo logístico del referéndum, imponer multas a cargos políticos desafectos, amenazar con el brazo tonto de la ley a los portavoces de Omnium Cultural y la ACN e incluso sacar del baúl de los recuerdos una rancia querella contra el Puigdemont alcalde Gerona. Y otra muy distinta actuar directamente contra los titulares políticos de la acometida, el propio presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont; el vicepresidente, Oriol Junqueras, y Carme Forcadell, la presidenta del Parlament. Mariano Rajoy, al contrario del Aznar del asalto a Perejil que no paraba en barras, sabe que para dar al “reiniciar” del día de después necesita contar con interlocutores válidos con capacidad de arrastre, sanos y salvos.

En el bando contrario, el PDeCAT tiene claro que su única opción de futuro para no morir en el intento pasa por soplar y sorber a la vez. Algo en lo que sus ancestros de CiU eran auténticos tahúres, como demostraron al pactar al alimón con los gobiernos del PP y con los del PSOE. Así que, por un lado, deben hacer posible que el pueblo catalán se exprese con rotundidad el 1-O para evitar el efecto bumerán de una frustración popular, y, de otro, han de evitar que la rampa de lanzamiento de una inmediata “declaración unilateral de independencia” expulse al partido recién refundado fuera de la órbita del sistema. Por eso su plan B consiste en capitalizar el éxito de la movilización hacia las urnas para ir a una reforma pactada con el Estado. Después, claro está, de que unas elecciones autonómicas pseudo-constituyentes le restituyan parte de su condición de referente principal del catalanismo insurgente. Misión cumplida.

Sin embargo, para que semejante apuesta prospere se necesitan nuevos aliados que libren a Junts pel Sí del incómodo tábano de los amateures de la CUP. Formación horizontalista que, con su marcaje y radicalismo democrático, hace imposible manejar el procés desde el solitario cuarto de máquinas de los notables. Y aquí es donde entraría Ada Colau y sus “comunes”, también muy probablemente favorecida por unos comicios que se proyectarían desde la óptica del patriotismo institucional. Formula que la alcaldesa de Barcelona ha practicado con fruición en los momentos álgidos del conflicto en ese tejer y destejer de su particular velo de Penélope. Evidentemente tal juego de tronos no solo implicaría placar en seco a la CUP, además tendría el daño colateral de vampirizar a las ya dispersas y menguadas huestes del PSC.

El operativo descrito, en la praxis, haría sentir sus efectos en Madrid, donde de nuevo los restos del bipartidismo intentarían hacer de la necesidad virtud poniendo en marcha la ya acordada comisión de diálogo para la “Evaluación y modernización del Estado autonómico”. Ni moción de censura como se desgañita Pablo Iglesias, ni declaración en bloque en favor del statu quo como propone Albert Rivera. A cada uno lo suyo. Mariano Rajoy habrá puesto sordina al cisma catalán lanzando la pelota hacia delante, y Pedro Sánchez podrá seguir vendiendo su plurinacionalidad sin haber dejado la “E” del PSOE en manos de una Susana Díaz que sigue a su zaga erre que erre.

Lógicamente, quienes quedarán descolgados del operativo estando al tiempo obligados a supeditarse a sus consecuencias para no ser incoherentes con lo que llevan predicando, serán Ciudadanos y Unidos Podemos. Cada uno en la parte alícuota de sus pretensiones ya declaradas ante el reto del procés. Ciudadanos porque no habrá consumado su objetivo de colgar al PP el baldón de haber sido negligente con el “separatismo”, y Unidos Podemos por haber dilapidado su bala de oro al pretender uncir al sanchismo a su carro al conjuro de “echar al PP de las instituciones”. Con ello la situación de Iglesias en la estructura de poder de Podemos alcanzaría su nivel más bajo. La foto-finish de la asamblea de electos de Zaragoza habría resultado lapidaria de no ser por la casposa notoriedad del asedio facha: escasa capacidad de convocatoria; una Ada Colau convertida en estrella del evento; y un manifiesto mendigando el favor del PSOE que el único grupo independista allí presente, ERC, no firmó, pero sí el PDeCAT (“uno de los partidos más corruptos de España”, según el ex-eurodiputado de Podemos Carlos Jiménez Villarejo).

Pronosticar es fácil cuando se vive con los ojos cerrados de la distancia, pero todo indica que bajo las urnas no estará la playa. A la larga, y si la mecha remite, puede haber una mejora refrendaria exclusiva para Catalunya. Pero a condición de que el referéndum no compulse como una auténtica potestad en la Constitución para la totalidad de los pueblos de Iberia y sus ciudadanos. Sería una Segunda Transición.

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