Colau y el patriotismo institucional (una interpretación)

El Vaivén de Rafael Cid

Rafael Cid

Para situarse en el ojo del huracán se precisa mucho valor, astucia y sentido de la oportunidad. Por algo el ojo del huracán es el lugar más tranquilo de la tempestad. Una especie de panóptico desde donde ver el espectáculo sin sentir sus efectos. La posición que permite contemplar las turbulencias evitando riesgos fatales. Eso es lo que ha logrado la alcaldesa de Barcelona Ada Colau con el procés. Estar de vuelta sin haber ido.

Y lo escenificado con una frase que da para un titular de periódico pero que carece de credibilidad ética. Cuando la líder de los “comunes” distingue entre desobediencia civil (abre la muralla) y desobediencia institucional (cierra la muralla), plantea una quimera. Sobre todo para alguien como ella que ha llegado a las instituciones ejerciendo la desobediencia. Si ahora la regidora catalana considera que su papel en la vida política es la obediencia debida a su cargo, es que aspira a metas más altas.

Por eso juega intercalando lo público y lo personal a conveniencia, allí donde en puridad el compromiso cierto debe equivaler a convicción. Dijo que haría todo lo posible para que la gente pudiera votar el próximo primero de octubre sin poner en peligro a los funcionarios. Un oxímoron. Como cabeza visible del ayuntamiento no podía hacer y una cosa sin pecar de la otra, y viceversa. El don de la ubicuidad todavía no es una cualidad de la casta política. De hecho no ha cedido ningún local municipal para colocar las urnas y, por el contrario, la guardia urbana está actuando libremente contra los propagandistas del referéndum. Por eso sus socios del PSC en el consistorio no se han echado al monte. Patriotismo institucional.

Sin embargo la percepción general sobre su papel es otra muy diferente. La prueba está en esa carta dúplex dirigida al Rey y al presidente del gobierno pidiendo al Estado que dialogue con Catalunya, que lleva su firma junto a las de Puigdemont, Junqueras y Forcadell, recién publicada en los influyentes Financial Times y New York Times. Y ello después de que días antes, en el mitin de la Diada del pasado 11 de septiembre, echara pestes de la antigua Convergencia y de sus mariachis. Se dirá como excusa que los políticos tienen las tragaderas muy anchas y que uno cosa es predicar y otra dar trigo.

Lo que pasa es que en el gremio no suele llevarse que el vejado ponga la mejilla dos veces para que se la abofeteen. Que es lo que acaba de hacer el triunvirato soberanista al situar a Colau en la orla de honor del manifiesto. Además de coprotagonizar el ultimátum a Felipe VI y Rajoy, le allanan el camino haciendo que sea la Generalitat, a través de la consejería de Educación, la que se responsabilice de colocar las urnas en los colegios de la ciudad. En el ojo del huracán a verlas venir.

De esta manera, Ada Colau se convierte en la reina madre del procés sin exponerse a sus coces. Porque el día después del 1-O, si no se produce una victoria aplastante que lleve a la declaración unilateral de independencia, ella sería el único capital político indemne de toda Catalunya con proyección de futuro. Los demás, tirios y troyanos, estarán inhabilitados por los jueces y en situación de baja temporal. Un suicidio colectivo inexplicable salvo que haya algo que desconocemos. La experiencia del “doy para que me des” que históricamente llevó a los ex convergentes a pactar con Madrid, independientemente de quien ocupara la Moncloa, dicta que la súbita coronación de Colau puede incorporar un peaje oculto.

Estos indicios apuntan a que Junts pel Sí, ante el más que probable ocaso del PDeCAT ex post, ha decidido hacer testamento en vida nombrado de albacea a Colau y sus comunes. De esta guisa la causa nacionalista seguiría por una senda previsible, sin sobresaltos, lejos del tobogán a que está sometida por el radicalismo incordiante de la CUP y el vendaval municipalista. Y por el mismo precio, la más moderada líder de Catalunya en Comú cerraría la herida abierta en su seno por unas bases que en un 40% se han mostrado opuestas a una sindicación en favor del derecho a decidir. La operación “reinicar” se completaría con la aceptación definitiva por parte de Pablo Iglesias de su confluencia como suprema autoridad en el territorio, a cambio de sofocar la rebelión indepe de Dante Fachin en Podem, vector que deteriora la imagen del pablismo para su apuesta como alternativa de gobierno a nivel estatal. De ahí aquel “si yo fuera catalán no votaría en el referéndum” ahora olvidado.

Y no sería extraño que esta retorcida salida de gambito de dama tuviera que ver con los conciliábulos secretos, haberlos haylos, mantenidos por algunos de sus protagonistas estelares con la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, jefa in pectore del CNI, y el editor rojo Roures. Un misterio envuelto en un enigma. Como el modelo que predicaba antaño el multimillonario que aspira a suceder al imperio Prisa para monitorizar la Segunda Transición.

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