Espías en la niebla, la posverdad

El Vaivén de Rafael Cid

Lo más oscuro siempre está bajo la lámpara”

(Proverbio coreano)

Rafael Cid

Intentar desentrañar el embrollo de ese ovni en forma de aviso de la CIA sobre el atentado de Las Ramblas es misión casi imposible. Su solución no es de este mundo. Se trata de un conflicto político-institucional y tiene entrañas que la razón normal no entiende. Un capítulo más de la guerra sucia que mantienen el Estado y la Generalitat a costa de la cita terminal del 1-O. Todos se tiran los trastos a la cabeza porque las medias verdades con que ha sido aliñada la historia permite a ambos bandos sostener a la vez una cosa y su contraria. Por tanto, se trata de eso, de embarrar al máximo el clima social que envuelve todo lo referente al contencioso soberanista. Moncloa insinuando una fatal negligencia de los mossos (después del fiasco cierto de los bolardos) y desde el Palau de Sant Jordi atizando la posibilidad de que estemos ante otro episodio de la “Operación Cataluña”. La posverdad del 17-A (neolengua con una realidad paralela) saltando por encima de la dignidad y la memoria de sus víctimas.

No obstante tanta oscuridad premeditada, pistas falsas y mezquindades, quedan algunos flecos para calibrar lo que está en juego y quiénes son los tahúres. De entrada, hay un hecho evidente que lo enmarca todo. Estaba meridianamente claro que, después de la exitosa manifestación del sábado, Madrid no podía dejar que la última página del relato fuera la de un Felipe VI y un Mariano Rajoy abucheados en el prime time de las principales televisiones del mundo, y unos Mossos d´Esquadra aclamados como los héroes de la jornada. Esa imagen era pura dinamita cerebral para la Marca España y, en la lógica de un poder que necesita prevalecer para imperar, resultaba impensable no aprovechar un acontecimiento sobrevenido de gran impacto que podía servir para poner sordina a la colosal afrenta.

En ese contexto surgió el asunto de la nota de la CIA de la mano de El Periódico, el segundo diario de mayor circulación (no así de influencia) en aquella comunidad. El dato no es baladí. Porque si la noticia la hubiera publicado otro de ámbito nacional no habría tenido el mismo eco en Catalunya. Seguramente se hubiera entendido como una campaña más de intoxicación para boicotear el procés en su tramo decisivo. Sin embargo, al aparecer en un rotativo catalán la credibilidad tenía asegurada hacer diana. ¿Por qué El Periódico y no La Vanguardia, mucho más influyente allí? Cabe imaginar que, tras el despido fulminante de Gregorio Morán por sus mordaces comentarios sobre “la prensa del movimiento” soberanista el diario del Conde de Godó quedaba temporalmente inhabilitada para semejantes escaramuzas. Y como la función crea el órgano, la fortuna hizo que la exclusiva saliera en un medio del casi quebrado Grupo Zeta. Precisamente su buque insignia, El Periódico, el mismo que el uno de agosto, solo unas semanas antes de dar la información, había conseguido in extremis un crédito puente de un pool de bancos para zafarse de la muerte súbita que se avecinaba.

Poniendo el foco sobre el espinoso comunicado, y sin afirmar ni negar nada sobre sus autores porque hay versiones para todos los gustos, parece dudoso que una agencia de inteligencia del calibre de la CIA se dirigiera directamente a una policía de una región que seguramente sus responsables en Langley no saben situar en el mapa. Y no por ir de sobrados, sino sobre todo porque eso significaría que el ejecutivo de Estados Unidos daba al gobierno de la Generalitat tratamiento de estado soberano. En estos precisos momentos. Más factible parece que la nota de inteligencia llegara a sus homólogos de los servicios secretos en el Estado español (CNI, Policía Nacional, Guardia Civil, etc.). Sobre todo después de que tras el 11-M potenciaran los canales oficiales por donde fluye la información clasificada. De suyo, el muy medido titular de El Periódico es polisémico, permite varias lecturas colaterales dependiendo del posicionamiento del observador. Decía literalmente “los Mossos recibieron la alerta de atentado en Barcelona de la CIA el 25 de mayo”. O sea, que el origen de la alerta era la CIA. No que la CIA la hubiera enviado formalmente a los Mossos. Aunque también cabe digerirlo poniendo la oración por pasiva.

En la niebla que suele acompañar a las tramas de espías permanece la duda de cómo y por qué las autoridades catalanes, aun admitiendo que conocían el aviso pero negando que procediera de la CIA y/o del Centro Nacional contra el Terrorismo norteamericano, no aclararon quién o quiénes se lo hicieron saber. Salvo que se trate de proteger la identidad de algún agente encubierto relevante. El grueso de los terroristas del 11-M eran confidentes policiales y trapicheaban con droga, como el imán de Ripoll y presunto cabecilla de la célula que perpetró los atentados de Las Ramblas y Cambrils. Porque la tesis sostenida es que Madrid y Barcelona tuvieron acceso a esa información simultáneamente, aunque solo el Estado central reconoce a la CIA como remitente.

Finalmente existe otro elemento chocante en este cruce de acusaciones y reproches. Hay, aquí sí, un aspecto en que ambas policías, la estatal y la autonómica, coinciden y comparten. En haber considerado de dudosa fiabilidad esa alerta. Y aquí nuevamente cabe especular con un interés común para semejante rareza. No espantar al boom del turismo podría “justificar” que desde uno y otro lado se hubiera descartado elevar el grado de alarma a tenor de lo contenido en una nota de inteligencia de casi nula solvencia. Un razonamiento hipotético y retorcido que tampoco podría utilizarse como arma arrojadiza. Admitirlo sería tanto como regalar un plus de peligrosidad a la campaña llevada a cabo por “las juventudes de la CUP” contra los males de la invasión turística.

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