Silencio y ruido en los medios

La Veranda de Rafa Rius

El único silencio que conoce la utopía de la comunicación es el de la avería, el del fallo de la máquina, el de la interrupción de la transmisión
(Du silence – David Le Breton – 1997)

Tan sólo hay que recordar la extraña sensación que nos invade cuando en medio de la noche, estamos contemplando TV, escuchando la radio o perdidos en algún vericueto de internet, y se produce un corte en el fluido eléctrico, cuando sin transición, pasamos de la visión de cualquier banalidad a la oscuridad y el silencio. Ese silencio es entonces percibido como un intruso que nos produce un vago malestar ¿Cómo se atreven a interrumpir nuestra diaria ración de ruido enajenante y tan familiar, que nos sustrae de la necesidad de pensar? Pero, al mismo tiempo, allá en el fondo, en lo más profundo de nuestra mente, sentimos una imprecisa nostalgia que provoca nuestro deseo de otras formas más serenas de percibir el rumor del mundo. Como Kierkegaard subrayaba hace más de cien años -muy lejos aún de la era cibernética y del atronador chismorreo mediático- el silencio puede resultar catártico y purificante.

¿Dónde quedó el placer de compartir diálogos que no acaben derivando en monólogos simultáneos en paralelo, en situaciones donde todo el mundo habla y nadie escucha, dónde quedó el placer de compartir diálogos en los que observemos atentos y en silencio el rostro, la mirada de nuestro interlocutor mientras nos habla? La ficción de comunicación, cuando se produce, es siempre unidireccional y las palabras que se difunden a través de la heterogénea multitud de soportes diluyen sus significados en su propia saturación, sus contenidos se pierden en una omnipresente aparente banalidad. Aparente porque, frente a la trivialidad con la que se nos presenta, su propósito oculto no es sino perdernos en un intrincado laberinto de signos inextricables que por indolencia o aburrimiento nos conduzcan a la aquiescencia y la servidumbre. Su propósito no declarado pero evidente es que creamos estar siguiendo los caminos de nuestro deseo, mientras en realidad hacemos aquello que interesa a quienes dirigen nuestras vidas y disponen del poder de quien posee y controla los medios.

Frente a todo ello, bueno sería reivindicar el valor del silencio en la comunicación. Me viene a la memoria un antiguo programa radiofónico de entrevistas conducido por Jesús Quintero y que llevaba el título de una conocida balada de los Beatles: “El loco de la colina”. En él, tras cada respuesta del entrevistado, el entrevistador, antes de formular la siguiente pregunta, solía dejar pasar no menos de cinco segundos de silencio. Cinco segundos que se hacían eternos. Más allá de la intencionalidad de la pausa, abierta a múltiples interpretaciones, si por algo destacaba era por lo inusual. Frente al breve momento de silencio, los oyentes solían reaccionar con una sensación de incomodidad: -“¿Qué pasa, por que no dice “algo”?”. Y es que ese “algo” que caracteriza a la radio, tanto como a la televisión, es la ausencia total de silencio. El tiempo es oro –son euros- y a una sintonía de despedida se sucede una cuña publicitaria y a ésta un avance de programación… y así hasta que nos llega, sin una décima de segundo de descanso, la careta del siguiente programa. No hay tiempo que perder, no se puede dejar espacio al silencio porque el silencio es territorio propicio a la reflexión y la reflexión propicia a su vez la desconexión.

En los supuestos noticiarios, las informaciones que interesan a sus propietarios, son repetidas machaconamente en diversos momentos, mientras las que, por orden de los amos del circo mediático, no interesan o no convienen, son ninguneadas, silenciadas, simplemente no existen…

Entretanto, del otro lado del ojo omnipresente del Gran Hermano, los corderos ya ni balan. Un silencio ominoso desciende sobre el rebaño. Sólo se oye el ruido de las voces de los pastores vendiendo falsas esperanzas de poder abandonar el corral. De pronto, inexorablemente, un murmullo que va creciendo hasta hacerse ensordecedor ocupa el ámbito del aprisco. Multitud de mensajes vocingleros cruzan el ciberespacio en todas direcciones. Parece que al fin los corderos han despertado y están haciéndose oír. Una vez más es un burdo engaño, no son sino ecos de ecos de otros ecos que nunca trascienden el ámbito de la caverna platónica, mediática y cibernética donde el monstruoso cíclope de un solo ojo múltiple los mantiene prisioneros de sí mismos. El silencio de las ovejas ha devenido en ruido abigarrado e ininteligible que pretenden hacernos pasar por comunicación interactiva.

Sólo un puñado de héroes, aferrados a los vellones de la panza ovejuna intentarán y lograrán engañar al gigante y salir en libertad.

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