Soberanos, intervenidos y patrocinados

El Vaivén de Rafael Cid

“Una nación es un referéndum diario”

(Ernest Renán)

Rafael Cid

El pasado sábado 24 de julio, víspera del Día de Galiza, asistí en Santiago de Compostela a un acto público en la Facultad de Filosofía y Letras sobre la “unidad popular”, un lugar común de muchas prospectivas políticas surgidas al calor de los últimos movimientos municipalistas-ciudadanistas. El panel de oradores suponía, en principio, un atractivo banderín de enganche: Xosé Manuel Beiras, por ANOVA; Ana Gabriel por la CUP y Marian Beitialarrangoitia por Bildu. Gallegos, catalanes y vascos debatiendo sobre la posibilidad de una ruptura democrática con el régimen del 78 con el procés como telón de fondo.

No voy a consignar puntualmente lo que los ponentes dijeron porque está en la prensa y porque lo que realmente me interesa no es el texto en sí, sino el contexto y el pretexto. Aspectos ambos que, sumados de uno en uno, configuraron una exposición tanto o más interesante que lo que allí se mencionó por los tres intervinientes. O al menos así lo interpreté yo, desde aquella atalaya que expuso Einstein cuando adujo que tan relevante es lo que se observa como la posición del observador. En este caso, aunque sea solo en sus trazas más subsidiarias.

El primero de estos escenarios divergentes tiene que ver con algo que podríamos denominar con cierta flexibilidad como el proscenio mediático, o sea la importancia de los modernos panópticos a la hora de configurar la conciencia de la gente y su visión del mundo. El vehemente Beiras, la aguda Gabriel y la enérgica Beitialarrangoitia coincidieron, uno para todas y todas para uno, en la funesta influencia del complejo mediático. La advertencia proclamada allí, si se me permite la licencia, podría resumirse en un “ojo con los medios, nos condicionan a la chita callando, no nos dejemos dominar por ellos, son la parte invisible del problema”. Aquel feliz concepto de “la Brunete mediática” que propicio el ingenioso Arzallus y rememoró allí oportunamente el histórico Beiras.

Lo que sucede es que el consejo llegaba desvirtuado a la sala de conferencia. Consejos doy que para mí no quiero. La charla, convocada a la 7:30 de la tarde, se demoró hasta las 7:50, con un auditorio a rebosar desde la hora oficialmente fijada. Precisamente porque Beiras y Gabriel habían tenido que atender antes a los medios de comunicación allí desplazados. Se podría invocar aquello de la descortesía parlamentaria, pero no viene al caso, porque sin duda en el fuero interno de ambos políticos, y por descontado de casi todos los asistentes al acto, pesaba que la demora estaba justificada. Incluso, me atrevería a decir que sentían que era por una buena causa. Los medios intermedian y representan. Para bien y para mal. ¿O solo son malignos cuando nos interpretan hostilmente? Ya decía Pablo Iglesias, antes de zambullirse en su juego de patriotas, que hoy se militan en los medios, no en los partidos.

El otro asunto posee más fuste, según lo que suele ser la categorización habitual de estas cosas mundanas. Tiene que ver con el presunto paralelismo que existe entre la situación actual a nivel del Estado, ese intento de Segunda Restauración Borbónica, y lo que ocurrió durante la transición, situación que prefiguro el sistema vigente de “atado y bien atado. Esa fue mi intervención, que no pregunta concreta, realizada desde la experiencia de alguien que por edad y compromiso estuvo en aquella etapa y sigue en esta. A decir verdad en contra del ambas, según el formato tradicional. Y vino a cuento a raíz de un olvido y una presencia protagonizados el primerio por Beiras y la segunda por Gabriel. El ex líder del BNG cargó contra los dirigentes políticos que capitularon en el tardofranquismo entronizando la Monarquía, y la catalana aprovechó la fecha para recordar que justamente se cumplían 75 años del asesinato del destacado militante anarcosindicalista Joan Peiró, por haberse negado a pasarse al sindicato vertical. Por cierto, Gabriel apuntó al “estamos gobernados por muertos”, esbozado aquí recientemente, al resaltar que solo una minoría de catalanes había refrendado la constitución vigente que ahora se les quiere imponer como si fueran lentejas.

Con esas referencias manifesté que, a la altura del cuarenta aniversario del 77, parecía una exclusión excesiva haber olvidado en el recuento al alimón de Beiras y Gabriel la responsabilidad de Comisiones Obreras (CCOO) y la Unión General de Trabajadores (UGT) en aquella cesión. Porque la arquitectura básica del capitalismo que sustenta el actual tinglado se acordó en los Pactos dela Moncloa de aquel año, firmados por ambas centrales después de ser llamadas a capítulo por sus partidos motrices (PCE y PSOE). Confabulación que no fue solo preconstitucional, y por tanto no democrática, sino que además se perpetró después de las fraudulentas elecciones del 15-J, instigadas cuando aún había presos en las cárceles y con la única salvaguardia de haberse otorgado una primera y parcial amnistía. Lo que hacía aún más inaudito aquel trágala. En última instancia, que el hoy justamente denostado régimen del 78 es responsabilidad de aquella izquierda política y sindical (que no cabal oposición) que pactó con la derecha legataria de la dictadura.

No mencioné, para no abusar de lo que entendía era mi turno de oficio, que me había sentido moralmente concernido por el “caso Peiró” dado que fue precisamente la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) el único sindicato de referencia que en 1977 había clamado contra la estafa de aquellos primeros comicios y, consecuentemente, convocado manifestaciones y campañas contra Los Pactos de La Moncloa. Podía haberlo hecho porque como miembro del equipo del Comité Nacional de la CNT yo fui, junto a su secretario general Juan Gómez Casas, quien redactó la nota de prensa denunciando ambos desafueros. Comunicado que, en buena lógica del rendimiento partidista, fue concienzudamente boicoteado en tándem por el gobierno y la oposición institucionalizada. Agua pasada no mueve molino.

¿O sí? Porque esa era la otra gran cuestión que flotaba en el ambiento de aquel grato encuentro con la izquierda nacionalista radical. ¿Se están creando las condiciones para que el papel que desempeñó en aquellos años el PCE de Santiago Carrillo lo reproduzca hoy el Unidos-Podemos de Pablo Iglesias? ¿Será otra vez el PSOE rampante, ahora pilotado por Pedro Sánchez (Somos la Izquierda), el llamado a abducir a los que antes de ser partido emergente se reclamaban del espíritu del 15M? Pero nadie entró al trapo, aunque PSOE y Podemos se acaba de dar el sí quiero en Castilla La Mancha. Unos, como Beiras, porque seguramente tienen en mente que fue en el “fogar de Breogán” donde Iglesias debutó como bróker electoral. Otras, como Gabriel, porque es posible que aún piensen que las gentes de Colau y de Iglesias pueden salir de su ambigüedad y sumarse al muy democrático derecho a decidir. En cualquier caso, esto último es simple especulación y cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

Lo que es rotundamente cierto, y a las pruebas me remito, es a nadie le importó aquel vaivén de “no para sí de los medios”, y que con idéntica rotundidad nadie del público, salvo el que suscribe y una acompañante de los mesahablantes, pidió la palabra para preguntas, aclaraciones o discrepancias. Y digo yo: ¿ese solipsismo, no será porque una cosa lleva a la otra y la otra a la una? Terminemos en positivo. Sea como fuere, que diría mi buen amigo Carlos Taibo (el de O penalti de Djukic), todos coincidimos en que hoy como ayer la cuestión es si somos soberanos o intervenidos, como titula un canónico libro sobre la transición allí citado. Aunque personalmente creo que la versión ad hoc debería decir “soberanos, intervenidos o patrocinados”.

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