Cuento de verano al modo de Kafka

La Veranda de Rafa Rius

Mi nombre es Aarón Ábaco y sólo soy el primero a la hora de pasar lista. Habitualmente me suelen clasificar como eso que en eufemismo imbécil se denomina parado de larga duración. En estos momentos es verano. Las tardes transcurren lentas y perezosas como si su objetivo fuese alimentar mi eterna indolencia. Ayer recibí un mensaje de guasap que vino a interrumpir la monotonía de mis días. Se trataba de una convocatoria para un proceso de selección de personal a fin de cubrir una plaza de agrimensor en una importante empresa del ramo, según una solicitud que yo ni siquiera recordaba haber enviado.

A las nueve en punto de esta mañana me he presentado en la dirección indicada. Era una gran nave, una especie de hangar destartalado en un polígono industrial de la periferia. En un rincón había unas cuantas mesas de oficina donde un grupo de trabajadores se afanaba con la vista fija en la pantalla de sus ordenadores y las manos volando sobre el teclado. En el centro de la nave, dos docenas de bancos de madera semejantes a los de las iglesias, acogían a varias decenas de aspirantes que habían llegado antes que yo. Me he sentado en el extremo de uno de los bancos y he esperado en vano y en silencio durante largos minutos a que ocurriera algo. El resto de los presentes también permanecía impávido con las manos en el regazo y la mirada perdida en un punto indeterminado. En un momento dado, uno de los escribientes ha abandonado su mesa y se ha dirigido a la zona donde nos encontrábamos. Se ha situado frente a nosotros, se ha cruzado de brazos y nos ha indicado: “ Les ruego continúen en silencio, ya pueden comenzar la prueba” tras lo cual ha vuelto a la mesa que poco antes había abandonado. Mis compañeros de banco han sacado, ignoro de donde, unos folios en blanco y se han puesto a escribir afanosamente.

Yo no sabía de qué demonios iba la cosa, ni siquiera tenía papel en el que escribir. Mientras esperaba no sé exactamente qué, se me ha ocurrido si no sería una prueba para evaluar nuestra capacidad de reacción frente a lo imprevisto y medir nuestra aptitud para repentizar. Después he pensado que aquello no tenía pies ni cabeza, así que me he levantado y dirigido a la mesa que ocupaba el que parecía llevar la voz cantante para solicitarle papel. Ha abierto un cajón y me ha entregado un folleto publicitario, indicándome que podía escribir al dorso que estaba en blanco y en cualquier caso, si no me parecía bien, podía ocupar mi lugar y esperar porque al parecer, alguien del personal había ido a buscar un paquete de folios. Poseído por una extraña sensación de irrealidad he vuelto a mi banco y me he dispuesto a poner a prueba mi paciencia.

Un buen rato después, como por ensalmo, ha aparecido otra persona que yo me he apresurado a considerar si no sería el de los folios. Pues no, al parecer no era el susodicho. Vestido de manera impecablemente casual, ha comenzado una laberíntica disertación acerca de determinados cuadros macroeconómicos. Para cuando he comenzado a entender algo, he podido deducir que dada la mala coyuntura económica, la empresa se había visto obligada muy a su pesar a plantear un ERE y por lo tanto, el fabuloso contrato de una semana que tenían destinado a uno de nosotros, se iba a quedar en agua de borrajas. ¡Acabáramos! Y efectivamente, acabamos. Salí a la mañana estival mientras aún me duraba la sensación de haber vivido una quimérica ficción: había batido mi propio récord, me encontraba despedido antes incluso de comenzar a trabajar.

En estos momentos, a mi lado la tarde de verano se arrastra lenta hacia el crepúsculo y aún no he conseguido librarme de esa impresión alucinada. Por un momento he recordado que esta misma mañana había estado a punto de estrangular a uno de mis compañeros de experiencia que al salir comentaba animoso: “¡Qué le vamos a hacer, es lo que hay!”.

Un comentario sobre “Cuento de verano al modo de Kafka

  • el 14 agosto 2017 a las 20:40
    Permalink

    No hay remedio posible, somos un simple apéndice del sistema. Afortunado aquel que tiene un mínimo de conciencia o decoro y sale corriendo hasta marcar la distancia necesaria que lo empuje hacia otra vida y existencia lo suficientemente creativa que marque un después, después de tanta mierda.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies