Viva Franco, viva el rey, viva el orden y la ley

Desde la franja de Mieres. Abel Ortiz

Don Juán de Borbón no fue rey, pese a que le tocaba, porque fue vetado por cerillita, aquel tipejo asqueroso y criminal, record mundial de asesinato de españoles, al que Juan Carlos Emérito ordenó poner flores frescas permanentes en esa gran mierda histórica, y birria arquitectónica, Juán de Ávalos especialmente incluído, que es el valle de los caídos.

El hermano de Don Juan Carlos murió, accidentalmente, de un disparo adolescente. Apretó el gatillo el que sería futuro mago de la transición. El episodio, como muchos otros, se silenció durante decenios. En Estoril el casino servía whisky de primera y los monárquicos peregrinaban para organizar un supuesto futuro, hecho biológico mediante.

Franquito, Paca la culona, según el cabestro Queipo de Llano, el generalisérrimo de la hermosa caligrafía para firmar penas de muerte, decidió que aquel niño sería su sucesor y tras la etapa de “reeducación”, entre militares naturalmente, futuros golpistas algunos, promulgó una ley de sucesión con nudos marineros del Ferrol.

Agradecido, el príncipe de entonces decidió que de su boca no saldría jamás ni la más inocua sombra de crítica al tarado que sembró el país de cadáveres, antes, durante y después de la masacre civil, perpetrada por golpistas de verdad, no como los de zarzuela, género chico y vivienda real; espadones que cobraron su parte del botín en el saqueo de los españoles sin camisa azul o sin las más diversas casullas de la última moda para cruzadas.

Las primeras elecciones libres fueron tan libres que los partidos republicanos no pudieron presentarse. La república, la legalidad democrática violada, asesinada y enterrada en las cunetas, pagaba al bunker, con la pistola encima de la mesa y Girón eructando, el precio para dejar de ser perseguibles, torturables y ejecutables.

Un proceso ejemplar. Gutierrez Mellado, el otro héroe de “Agua, azucarillos y aguardiente” cuando aquel febrerillo loco de tiros y picoletos, viajaba, junto a otros generales y coroneles, de apellidos bien conocidos, a EEUU para recibir instrucciones básicas sobre transiciones homologables, anticomunismo, inteligencia y contra-inteligencia, temas que Mellado dominaba desde sus tiempos de responsable de la quinta columna de Madrid y de los asesinatos en el monte de los fugaos. El inventor de la contrapartidas, esos grupos mixtos de militares y falangistas que se dedicaban a cazar seres humanos al margen de cualquier legalidad, incluída la franquista.

Detrás del Borbón, en su jura predemocrática televisada de Santa Gadea, estaban, literal y fisicamente, los golpistas. Seguían los bigotillos con mando en plaza.

Ahora el hijo, el sexto, tiene los santos cojones de hablar de orden y ley. El padre no aparece porque en el congreso dicen tacos y porque las televisiones buscarían su primer plano al pronunciar el vástago la palabra dictadura. Han tardado cuarenta años y lo consideran un avance. Pues nada; Juan Carlos, Suárez, Carrillo y Fraga trujeron la democracia. Kissinger se enteró por la prensa. Viva el vino.

Las víctimas de la dictadura siguen enterradas por ahí con sus respectivas balas en el cuerpo. Torturados y presos sin reparación alguna. Pero hay muchas más víctimas, un país entero si restamos a los vencedores con derecho de pernada.

Las millones de niñas y niños, miles robadas, que soportaron la enseñanza del cara al sol y el opus dei. Los millones de trabajadores que tuvieron que comerse a los sindicatos falangistas y sufrieron vejaciones y humillaciones durante décadas. Y no digo trabajadoras porque las mujeres en el franquismo no eran mayores de edad y necesitaban permiso del patriarca hasta para ir al baño. Los millones de personas perseguidas y castigadas por su sexualidad, salvo los curas que tenían bula para meter mano, insultadas incluso hoy por los sucesores de la horda.

Por cierto, Castelar, citado borboneando en el congreso, era un idiota. No lo digo yo, lo dice Valle Inclán, por boca de Max Estrella, en Luces de Bohemia. También se cita a Maura en la tribuna de la cámara. Valle sólo se refiere a él de una manera fugaz: ¡Muera Maura y esos cabrones del cotarro académico!

Los borbones en particular, y los españoles en general, no leen a Valle Inclán. Asi nos va. Y que viva la guardia civil.

Un comentario sobre “Viva Franco, viva el rey, viva el orden y la ley

  • el 30 junio 2017 a las 15:00
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    Corrijo…me dicen que hay un error en el texto. El hermano del emérito era menor que él, no mayor. Disculpen el error.

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