Política y moral

Félix García Moriyón

INTRODUCCIÓN: ALGUNOS ACUERDOS

No es nada sencillo escribir un artículo breve sobre este tema sin repetir, en gran parte, enfoques o afirmaciones que ya forman parte del repertorio filosófico y político de la humanidad. Como queda claro ya en el título, hablamos de dos campos claramente distintos, pero con un ámbito en el que se solapan. La política, en general, debe ser entendida como la actividad que se centra en la resolución de los problemas que afectan a la vida en común de las personas, elaborando leyes y proyectos de actuación encaminados a resolver esos problemas y creando instituciones y organismos encargados de gestionar la ejecución de esos proyectos. Las personas dedicadas a la política son quienes llevan a cabo esos proyectos, con frecuencia elaborando y promulgando leyes (el poder legislativo o las Cortes en el caso de España), y quienes dirigen las instituciones y organismos encargados de ejecutar las leyes (el poder ejecutivo, o el Gobierno, estatal, autonómico o municipal). Luego, claro está, nos encontramos con un amplio número de funcionarios o trabajadores de los servicios públicos. Y por último, pero en puridad en el principio, tenemos a la ciudadanía, esto es al pueblo soberano, sujeto primero y último de las decisiones políticas en sociedades democráticas.

La moral es la rama o disciplina del conocimiento humano que se dedica reflexionar sobre la bondad o maldad de los comportamientos de las personas y, de manera indirecta o analógica, de las leyes y las instituciones. Es frecuente restringir la moral al conjunto de valores que están vigentes en una sociedad, por lo que gozan de general aceptación, aunque no siempre gozan del mismo nivel de cumplimiento. El juicio moral consiste en evaluar la calidad moral de las personas y sus actos (las hay buenas y malas, admirables y despreciables, ejemplares y negativas…), las leyes (legítimas o ilegitimas, justas o injustas) y las instituciones (honestas o corruptas, eficientes e ineficientes…). Por otro lado, es frecuente restringir la ética a la reflexión sobre esos comportamientos susceptibles de ser evaluados moralmente, ofreciendo argumentos para realizar dicha evaluación así como criterios para fundamentar de modo coherente el conjunto de valores que orientan la vida de los seres humanos.

Pues bien, no cabe la menor duda de que la política es una actividad humana y, en cuanto tal, es susceptible de ser evaluada moralmente. Es más, de manera muy especial exige una valoración moral de la misma, analizando críticamente cuáles son los valores en los que se sustenta y en qué medida los cumple. Tiene una cierta autonomía y por eso, siguiendo el criterio anterior de eficiencia y eficacia, las políticas pueden ser evaluadas por sus logros, es decir, por si se alcanzaron las metas previstas y el costo del proceso fue adecuado. Pero desde el origen de la política, tal y como se ha venido ejerciendo en sociedades complejas, las que aparecen después del neolítico, se ha considerado necesario evaluarla siempre moralmente. Es decir, no sólo se ha intentado ser eficaz, pues eso es elemental, sino que se ha deliberado sobre los valores que se pretenden alcanzar y sobre los métodos empleados para alcanzarlos. Se ha realizado una evaluación moral de los fines y de los medios.

Intuitivamente, desde un principio, es posible afirmar que ha existido un acuerdo bastante generalizado respecto a cuáles son las conductas moralmente valiosas. Podemos decir, por ejemplo, que en todas las sociedades se ha condenado claramente el acto de matar, si bien se ha aceptado que en determinadas circunstancias podía ser malo, pero inevitable y poreso se ha distinguido entre el asesinato y el homicidio. Y del mismo modo se ha exaltado la valentía frente a la cobardía, o la veracidad frente a la mendacidad. Esta universalidad queda completamente clara a partir de 1993: en la Conferencia de Viena, todos los Estados reconocen por primera vez en la historia, que los valores presentes en la Declaración Universal de Derechos Humanos son universales, como proclama su título, y deben orientar y regir el comportamiento de todos los seres humanos y en especial de todos los gobiernos, pues, como subraya Hannah Arendt, es la condición de ciudadanos de un Estado lo que nos permite ser titulares de derechos exigibles y justiciables.

Incluso si aceptamos la posición aristotélica de poner como objetivo último de la conducta moral el logro de la felicidad, podemos decir que existe un cierto acuerdo sobre su contenido. Tenía razón Kant cuando afirmaba que la felicidad era un concepto demasiado empírico y demasiado marcado por el azar o la fortuna, y en parte por eso rechazaba las éticas materiales, pero eso no quita que exista también un elevado consenso al respecto. En primer lugar, como el mismo Aristóteles señalaba, la felicidad no consiste en el logro de un sentimiento placentero, sino más bien en el logro de una vida plena, una vida propia de la dignidad de un ser humano. Por eso, frente a la agobiante industria de la felicidad que nos invade, diluyendo o trivializando el sentido de la misma, e incluso poniendo precio al logro de algo que es sobre todo un valor, el informe anual de las Naciones Unidas ofrece una visión más aristotélica y se esfuerza por identificar indicadores objetivos de la felicidad que puedan ser considerados como condiciones necesarias, quizá también suficientes, para el logro de una plenitud humana o, más modestamente, de un bienestar plenificante. Con ligeras variantes, que en lo sustancial no suponen cambios significativos, esos indicadores pueden equipararse a los satisfactores de las necesidades básicas humanas, ya sea las que señala Maslow o las que propuso Etzioni. Al menos como condiciones necesarias, las sociedades buscan lograr condiciones materiales de existencia acordes con la búsqueda de la felicidad.

ALGUNAS DIFICULTADES

Admitir esos acuerdos no conlleva negar las discrepancias, algo que hace incluso más urgente la exigencia de una reflexión ética que permita formar y orientar el juicio moral. Para empezar, puede darse un desacuerdo respecto a quiénes son los individuos titulares de dignidad moral y, por tanto, frente a los que se nos exige seguir esas normas. Si bien en el mundo actual se acepta incluir a todos, absolutamente a todos, los seres humanos, existen duras discrepancias en el caso de los fetos o incluso en enfermos terminales o personas profundamente discapacitadas. Algunas prácticas eugenésicas se sitúan en un peligroso terreno fronterizo, como ocurre en el caso de los fetos con síndrome de Down. Es más, como esos valores universales, cuando hablamos de la política, se traducen en derechos, no todas las personas son titulares del mismo nivel de derechos. Para empezar, como ya he mencionado, están los apátridas, es decir, quienes no son ciudadanos de ningún Estado; y también están los refugiados y mucho más todavía los inmigrantes en situación ilegal. Unas exigencias mínimas se deben cumplir, pero desde luego los Estados no suelen concederles todos los derechos que reconocen a sus propios ciudadanos. Evidentemente, en este ámbito, desde una perspectiva diferente, podemos incluir la persistente discriminación de las mujeres y los derechos de las personas que pertenecen al amplio colectivo de LGBTQ. O a las personas dependientes por diversas discapacidades físicas o mentales. Sin exagerar, podemos decir que hay ciudadanos de primera o de segunda, incluso que no son ciudadanos pues son simples súbditos.

El segundo nivel de desacuerdo se da en el carácter siempre situado o contextualizado de la conducta humana. Esta condición no implica un relativismo en sentido fuerte, pero sí demanda adaptar las exigencias a las situaciones concretas. Por poner un problema ya mencionado, lo que para unos es un homicidio, condenable pero moralmente aceptable, para otros es un asesinato que a lo sumo merece atenuantes. Esto lo tuvo claro Aristóteles, y también prácticamente todas las culturas. En sentido positivo, normalmente se ha insistido en cuidar de manera especial a las personas más vulnerables o desfavorecidas: la tradición judía destaca al huérfano, la viuda y el extranjero; cristianos y musulmanes ponen especial énfasis en la atención a los pobres y necesitados; Siddharta Gautama inicia su proceso de transformación tras el encuentro con la enfermedad, la vejez, la muerte y por último un asceta, que le indica el camino. La calidad democrática de la acción política en el mundo actual da mucha importancia a las políticas de atención a la dependencia, buscando la inclusión en especial de las personas más vulnerables. En un sentido algo más «neutral» todos sabemos que nuestro comportamiento moral no sólo debe tener en cuenta el contexto, sino que debe dejarse guiar por el contexto; como en las obras de arte, una buena acción no deja de ser justo la que conviene hacer en cada caso concreto.

En un sentido quizá más negativo, se acepta el llamado mal menor: en algunos casos, el contexto hace que entren en conflicto valores de tal modo que no todos pueden ser respetados al mismo tiempo, e incluso en algunos casos debemos dañar algunos valores para evitar que sean dañados otros superiores. Eso es lo que subyace en situaciones de conflicto social en las que, por ejemplo, no parece fácil respetar al mismo tiempo la libertad y la seguridad. O agotada la resolución dialogada de conflictos, se pasa al uso de la violencia legítima para erradicar prácticas o comportamientos claramente lesivos para el conjunto de una sociedad. La variante del mal menor la tenemos en la tajante formulación de Maquiavelo, el fin justifica los medios, que en su formulación quizá más perversa recibe el nombre de razón de Estado, ambiguo paraguas bajo el que se siguen escondiendo comportamientos francamente inmorales. Para no extenderme más, tenemos que tener en cuenta la creciente complejidad de las interacciones humanas, incrementada a altos niveles en el caso de sociedades muy pobladas, con múltiples y diversas divisiones sociales, y personas y colectivos cuyos intereses no siempre son coincidentes, sino que están enfrentados. No debemos magnificar el conflicto entre el interés individual y general, o entre el privado y el público. El mismo Adam Smith recordaba que el interés del tendero no estaba enfrentado al de su cliente: aunque pudieran ser distintos, los dos se beneficiaban con el trato. Con frecuencia se resaltan las divergencias de tal modo que los posibles conflictos dejan de ser conflictos constructivos que se afrontan desde la creatividad y la cooperación, la estrategia más propia de los seres humanos; en esas situaciones, los conflictos se viven como contradicciones en las que alguien tiene que perder definitivamente y cada parte procura que pierda la otra, dando absoluta prioridad a lo propio. En la lucha por el reconocimiento que ya describía bien Hegel, los intereses son a veces contradictorios, y buen ejemplo lo pone Marx quien interpreta toda la historia como lucha de clases, y en su contexto específico, interpreta que la superación de la indigna situación en la que vive el proletariado exige la desaparición de la burguesía y la aparición de una nueva sociedad sin clases. En las primeras décadas del siglo XX, Karl Schmitt tipificó la política como el enfrentamiento entre amigos y enemigos, lo que sin duda implica lucha, incluso violenta, acompañada de victoria de unos y derrota de otros. Como bien señalan Sen o Maalouf, eso es también lo que caracteriza a los nacionalismos políticos identitarios: una fuerzadestructiva que parte de la tajante distinción entre ellos y nosotros.

Por último, no debemos olvidar que analizar una situación. conflictiva, descubrir cuáles son exactamente los problemas y conflictos así como elaborar e implementar las estrategias más adecuadas no es tarea sencilla. El proceso de deliberación y ejecución exige competencias (afectivas y cognitivas), según el lenguaje al uso, o virtudes (éticas y dianoéticas), por volver a Aristóteles, plagadas de dificultades que no facilitan llegar a buen puerto y exigen una constancia y rigor que no siempre están a nuestra disposición, o que no siempre estamos dispuestos a ejercer dada la dificultad que implican. Sin ánimo de agotar tan ampliocampo, sí considero que hay algunas de esas dificultades que lo ponen difícil.

Muy sugerente han sido las aportaciones realizadas desde la psicología moral, en especial la que en los últimos tiempos ha hecho Lakoff quien, precisamente, hablando de política y moral, ha puesto de manifiesto cómo los seres humanos parten de marcos mentales, representables en metáforas narrativas (en su caso las del padre estricto y el progenitor atento) marcos que condicionan toda nuestra interpretación de la realidad. No son las metáforas como recursos estilísticos de la retórica, sino más bien algo cercano a lo que Ortega llamaba creencias, si bien en este caso expuesto con más detalle desde la psicología moral. Lo importante es que son inconscientes, lo que hace más difícil evitar el sesgo que introducen en nuestra percepción, pero permite entender mejor por qué es tan difícil que se entiendan dos personas que reflexionan desde marcos mentales diferentes. La resolución de conflictos se convierte en lucha por ganar, y cuando inicia su tarea ejecutiva un gobierno que parte de un marco mental diferente al del gobierno previo, procura directamente desmontar las aportaciones que este había hecho. Algo sabemos en España, por ejemplo, en el caso de la educación. La solución no es sencilla, dice Lakoff, pero sin duda el primer paso es reconocer nuestro marco mental.

Este tipo de problemas no acaban aquí. Ya hace casi un siglo, Anna Freud había llamado la atención de manera sistemática y organizada a lo que se llaman mecanismos de defensa del yo. Una vez más, nos encontramos con mecanismos inconscientes que tienen un peso enorme en la toma de decisiones de los sujetos, condicionando la calidad argumentativa de la interpretación de los problemas así como la toma de decisiones. Algunos de ellos ya han recibido constante atención en la ética desde tiempos remotos, como son los de negación, racionalización y proyección. De modo similar, la propuesta planteada por la teoría de la atribución de Heider ha ofrecido valiosas aportaciones para entender la conducta humana y los procesos que nos llevan a evaluar situaciones y a tomar decisiones. Desde su formulación inicial ha ofrecido un importante marco teórico para la investigación psicosocial y ha dado pie a algunas de las teorías y experimentos más conocidos en el campo, como la teoría del error fundamental de atribución de Ross, la disonancia cognitiva o los turbadores experimentos de Zimbardo, sobre la asunción de roles, y de Milgram sobre la obediencia a la autoridad.

Es decir, la democracia, como específica configuraciónvde la convivencia política de profundo calado moral,se basa en el supuesto de que existe una participaciónvdeliberativa, lo que supone sujetos racionales, ovquizá mejor razonables, por lo tanto con clara competenciavcognitiva, que puedan deliberar en condicionesvde igualdad y libertad y que se atrevan a ser veraces, lo que los griegos llamaban parrexía. Pero no es tan fácil encontrar ese tipo de ciudadanos. Sin duda nuestra

dotación innata, por el proceso evolutivo, incluye altas capacidades cognitivas y una marcada tendencia a la cooperación, además de una pluralidad de opciones que constituye nuestra libertad. Esta confianza en la racionalidad de la conducta humana, permitió a especialistas en ciencias sociales y económicas elaborar la teoría de la elección racional, pero ya Amartya Sen y otros autores relevantes han criticado esta teoría y han puesto en duda el valor que pueda tener para fundamentar sobre ella un comportamiento político moralmente correcto. Del mismo modo, también Aristóteles fue consciente de que no era la voluntad de verdad, la parrexía, una virtud sólidamente arraigada, pues en la deliberación política dominaba más el arte de la persuasión que el del convencimiento. Esta distinción se mantiene hoy en día quizá de forma algo extrema, en eso que ha venido en llamarse post-verdad, neologismo consagrado por Ralph Keyes en un libro titulado La época de la post-verdad. Hay una diferencia fundamental entre la post-verdad y la persuasión retórica, pues Aristóteles al distinguir entre convencer y persuadir llamaba la atención sobre el predominio de la verosimilitud, no de la verdad. Lo verosímil sigue siendo algo compatible con la verdad, aunque próximo a la mentira, lo que señala el grave riesgo que corren los debates argumentativos que priorizan la persuasión hasta el punto de mentir, es decir, afirmar hechos que se sabe con certeza que son falsos, pero se dicen con la intención de engañar o al menos manipular a la audiencia.

LA MORAL POLÍTICA COMO TAREA ESFORZADA Y ESPERANZADA

Llegados a este punto, queda claro que la tarea moral en el ámbito de la política es algo que exige un gran esfuerzo, dada la diversidad de obstáculos que se oponen a lograr su objetivo central: resolver problemas que afectan a la convivencia de tal manera que salgan beneficiadas la mayoría de las personas, si no todas, y que los costes del proceso empleado no terminen siendo mucho más graves que los problemas resueltos. Como ya he dicho en otros contextos, tanto los grandes valores que orientan nuestra actuación, los Derechos Humanos, como las competencias o virtudes (virtudes republicanas lo llaman muchos) son un perfecto ejemplo de una ética de máximos, no de mínimos. Si bien es posible encontrar numerosos actos de barbarie humana a lo largo de la historia, el resultado de la misma, vista en su conjunto, indica que no lo han hecho del todo mal nuestros antepasados, pues si así hubiera sido, no estaríamos ahora donde estamos. Posiblemente, ni siquiera estaríamos.

El acierto global pasado, de ser verdadero, no garantiza que vayamos a acertar ahora. Los retos que tenemos por delante no son pocos, pues la humanidad asiste a un proceso acelerado de cambio que va a exigir soluciones sumamente imaginativas y cuidadosamente solidarias si no queremos fracasar en el intentoy si tampoco queremos que una gran mayoría pague un precio excesivo para que una minoría logre salir adelante. Algunos, no sin fundamento, consideran que el gran reto moral que tenemos por delante es el reto ecológico, es decir, el reto de lograr que el planeta como tal no llegue al agotamiento y la civilización humana colapse, arrastrando en su fracaso evolutivo a otras muchas especies. Garantizar el bienestar de la población del planeta no es en absoluto una tarea sencilla; más allá de fórmulas genéricas como el desarrollo sostenible y el equilibro ecológico, está la tarea de aportar soluciones sostenibles para conseguir ese objetivo.

Del mismo modo, el cambio tecnológico acelerado está poniendo a prueba nuestra capacidad de integrarlo en un modelo de sociedad vivible y acogedor. Al margen de optimismos o pesimismos tecnológicos, lo crucial, moralmente hablando, consiste en tener claro cuáles son las tecnologías más necesarias y qué uso hacemos luego de ellas. La ética, sin recurrir a novedosos desarrollos tecnológicos, difícilmente podrá resolver los problemas morales de la producción y distribución de la riqueza, o del acceso al agua y la energía, o de la vida en las grandes ciudades, o de la participación de todas las personas en la deliberación sin delegar todo el poder en oligarquías tecnocráticas y plutocráticas. Del mismo modo, la tecnología, sin la imprescindible reflexión ética que fije medios y fines y articule adecuadamente la relación entre los mismos, en el mejor de los casos nos llevará a mundos futuros distópicos, en los que serán elevada mayoría quienes padezcan una vida marcada por la pobreza y la exclusión. El cine y la literatura dan buena prueba de ellos. Pero la realidad cotidiana también nos proporciona relatos de situaciones en las que crece la desigualdad, la violencia, la xenofobia, el racismo…

Detectar esos problemas, definirlos con precisión, establecer procesos de afrontamiento y solución de los mismos, es tarea para personas con coraje henchido de esperanza, capaces de denunciar todo lo que no vale y de proponer alternativas factibles, conscientes de que no hay soluciones sencillas ni descansadas. Es más, con bastante probabilidad, apenas encontrada la solución de un problema, es posible que surjan nuevos problemas no previstos con antelación. Como he dicho al principio, los valores morales fundamentales pueden afirmarse con rigor y reconocer su carácter universal, no negociable. Pero lograr que arraiguen en la mente y el comportamiento humanos es otra cuestión. Y la actuación conforme a esos principios es falible y al mismo tiempo frágil, exigida de un esfuerzo constante de revisión, readaptación, deconstrucción…

Afrontar moralmente la política exige vivir el presente, haciéndose cargo del pasado del que venimos, pero sin que éste suponga una deuda insuperable que nos encadena, sin que el recuerdo de quienes murieron en el dolor y la culpa acumulada de la humanidad, nos suma en la tristeza de la imposibilidad de una sociedad sin represión, como señalaba Marcuse. El pasado no debe tener la contundencia de lo irreparable, sino de lo que puede ser reparado y perdonado, del perdón de lo imperdonable, como dicen Levinas y Derrida. El futuro es tenido en cuenta, pero sobre todo como la apertura hacia lo imprevisible, como la posibilidad de que la novedad, incluso la que ni siquiera imaginamos, irrumpa en nuestras vidas. No es en absoluto un futuro cerrado y diseñado con precisión por los expertos y los líderes que ejercen el control.

El acontecimiento, nuestro maestro interior, es el tiempo del presente, el tiempo-ahora que se aleja del tiempo cronológico, que queda como suspendido, para dar paso al tiempo kairológico, en el que irrumpen y se esparcen astillas del tiempo mesiánico, al decir de Walter Benjamin. La acción humana hace posible que hoy empiece todo; es capaz de hacer probable lo improbable, de dar paso a la novedad, por lo que esa acción cotidiana es equiparable cada día al nacimiento que abre la puerta a la innovación primordial. La radicalidad moral de la acción política reside, por tanto, en ese esfuerzo por hacer posible una sociedad reconciliada aquí y ahora, por vivir la plenitud, pues la plenitud deja de estar situada en el futuro y se actualiza en el presente: cada momento de nuestras vidas puede y debe ser un momento pleno, en el que, como bien defienden los anarquistas, prefiguramos ese otro mundo que está ya en lo profundo de nuestros corazones.

Es el tiempo en el que recreamos la creación inicial, según expone John Caputo: el espíritu sopla sobre nosotros mismos, sobre todo aquello que nos rodea y en especial sobre los otros que con nosotros con-viven y cuyo rostro nos interpela. Nuestra acción pasa a ser ese soplo que infunde vida, como la lluvia en tiempo de sequía, que transfigura la realidad para, al desplegar todas las posibilidades que contiene, prefigurar un mundo nuevo, que no es totalidad cerrada, sino infinitud de posibilidades.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies