Juez no come juez

La Veranda de Rafa Rius

El corporativismo es una de las principales señas de identidad de los regímenes fascistas. Para comprobar el estado de salud de una supuesta democracia, basta examinar el grado de penetración de las componendas corporativas en su seno. Un ejemplo: Voces “autorizadas” del columnismo nacional, no ha mucho se asombraban –más que probablemente por pura retórica- de que los magistrados del Consejo General del Poder Judicial no hubieran abierto la boca, y puestos a abrir, ni mucho menos una investigación seria, sobre la bochornosa actuación de una de las juezas, que chivó a los González que estaban siendo investigados. Éste es un caso que ha llegado a nuestro conocimiento, pero es de temer que haya muchos más. Menos mal que aún quedan jueces que cumplen más o menos dignamente con su trabajo y se dedican a instruir las causas y procesar a unos pocos chivos expiatorios de entre los muchos que han hecho méritos más que sobrados. Pues bien, a pesar de ello, salvo por rencillas personales y aún así en contadas ocasiones, jamás se vio un juez que cargara contra sus colegas de tan honorable profesión. Perro no come perro, juez no come juez, fiscal no come fiscal, médico no come médico, profesor no come profesor, obispo no come cura… y así en general, salvando las excepciones de rigor.

Desde los no tan lejanos tiempos en que Benito Mussolini descubrió las bondades del corporativismo como pilar de la estructura no sólo profesional sino social y política de su Nuevo Orden, la autoprotección gremial y los sindicatos verticales han trascendido el ámbito fascista -copiado de la doctrina social de la Iglesia (Encíclica Rerum Novarum) y a su vez imitado por el III Reich y la Falange Española- y desde entonces han ido impregnando solapadamente las entrañas de la mayoría de los regímenes presuntamente democráticos. Hoy por ti, mañana por mí, lo más conveniente es apoyarse en los que defienden intereses más próximos a los nuestros. La solidaridad “bien entendida” queda restringida al ámbito de lo cercano y a ser posible transversal, que abarque desde las grandes empresas transnacionales a los pequeños autónomos, porque como su demagogia se encarga de recordarnos, todos viajamos en el mismo barco y nunca se sabe a quien podemos necesitar en caso de naufragio.

Si al corporativismo económico y profesional le unimos el familiar, como tantos casos de nepotismo se han encargado de mostrarnos, desde Napoleón y José Bonaparte hasta Ignacio y Pablo González, ya tenemos el retrato fiel de una sociedad enferma en la que los intereses de grupo están por encima de los colectivos.

Si queremos una sociedad más justa, la solidaridad no puede tener cotos privados ni fronteras. Mis compañeros son todos aquellos que luchan a mi lado, sin importar su oficio ni su lugar de procedencia. De no ser así, caeremos inexorablemente en las miserias del corporativismo y eso, después de 40 años de franquismo y otros 40 de democracia fulera, ya sabemos a donde nos lleva.

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