Luces de fiscalía con goles al fondo

Desde la franja de Mieres. Abel Ortiz.

La barbarie ibérica es unánime, clamaba Max Estrella en los años veinte. Se abre el telón. Los proletarios mueren a diario asesinados por la policía; Ley de fugas.

Los oficiales cortan cabezas en Marruecos, primitivos aviones gasean población civil en el Rif. Las vanguardias rompen los paisajes, las retaguardias se atrincheran, el público calcula de reojo entre churros, hambre y cazalla. Don Latino afina una nota más grave que el cerdo y se queda la cartera del curda moribundo. La militarada prepara la secuencia que llevaría el país a negro. Don Ramón no llegó a verlo. Mejor para él.

A día de hoy, atenuada la barbarie, lo unánime es el fútbol. La guerra de los ejércitos desarmados y simbólicos deconstruídos por el inolvidable Montalbán, acostumbrado a perder todas las guerras posibles de todos los sures posibles.

El fútbol, el deporte en general, en tanto que competición, a menudo agónica, es una maquina de crear unanimidades y, lo que es mucho más peligroso además de malintencionado, identidades, aunque sean, como las revoluciones actuales, de colores. Gimnasia bélica, ingeniería de masas. Ultras dispuestos a pegar a un arbitro en un partido de infantiles, locutores racistas que ríen las gracias grasientas, personas adultas que confunden el mapa con el territorio. Llegado el momento llenarán la plaza de Oriente gritando tres veces un nombre.

El Marca fabrica españoles, mucho españoles, aunque sean catalanes. Miles de páginas en papel o en la web, millones de horas en radio y televisión.

El fiscal general de Aznar evitó que Pinochet fuera extraditado por el juez Garzón. El fiscal general de Rajoy sabe que sus ultras, los de la identidad financiada, incluídos el repelente niño Vicente y los carlistas reciclados, pegan un taconazo y se cuadran al menor silbido. Un fiscal general puede pitar un penalti y expulsar a un defensa. O lo que haga falta. Los de su equipo no van a protestar. Saben que lo que importa es la victoria, la creadora de derecho. La patria, hija de la guerra, ese lujo que Dorio de Gadex y sus amigos no se podían permitir, gana. Gana Florentino, o su equivalente periférico en el donut centralista; Constructoras, políticos, politólogos; patriotas.

Una falta llovida de Riquelme, una carrera de metro y medio de Romario, el guaje mirando de reojo al portero, Messi poniendo cara de yo no fuí. El espectáculo; Niños pobres en la arena. Esclavos pagados a precio de lujo que ocultan trata de blancos, negros, amarillos o verdes, millones de niños organizados en federaciones, miles de clubs. El poder y la gloria. Paramilitares.

El presidente del gobierno dirige, en sus ratos libres, un partido político como el mayor constructor del reino preside un club de fútbol, con desgana. El partido en cuestión roba mucho, todo el rato, todo el tiempo. La afición aplaude.

Los perdedores se enfadan. El dueño del balón, y del campo, manda.Tuvieron una oportunidad y la cagaron. Pueden cagarla otra vez. La diarrea ibérica es unánime.

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