Inaudita competencia entre Madrid y Valencia

La Veranda de Rafa Rius

En lo tocante a corrupción, a pesar de las reiteradas protestas de los representantes del poder político en el sentido de que esos lamentables episodios pertenecen al pasado y que se trataría de olvidar y mirar hacia un futuro de macroeconomías radiantes, limpio de todo tipo de podredumbres, la realidad se muestra obstinada y en los últimos tiempos se ha desatado una poco ejemplar competición entre el PP de Madrid y el de Valencia. Parecía que Valencia, siempre dispuesta a ofrendar nuevas glorias corruptas a España, había tomado claramente la delantera en cantidad y variedad, pero en los últimos días, Madrid, gracias a las ranas del putrefacto estanque de Esperanza Aguirre –Madame No Me Consta- con Granados, González , su mano derecha, izquierda y hasta sus pies, parece que ha tomado clara ventaja. Una vez descartada Andalucía que, gracias a las corruptelas del PSOE con los fondos de los ERE, ya resulta inalcanzable en cuanto al volumen total del desfalco, Valencia y Madrid luchan denodadamente por el segundo y el tercer puesto. Entretanto, con el viejo truco de cambiarse el nombre, el PDeCat -léase Convergència- se mantiene a la expectativa en el ranking.

Algunas mentes tendenciosamente bienpensantes, se obstinan en sostener interesadamente que todo lo referente a la corrupción, se trataría de una situación coyuntural emanada de los tiempos desaforados de las diferentes burbujas y que en estos momentos ya está en claras vías de solución tras los denodados esfuerzos del Gobierno por controlar y erradicar lo que ellos conjeturan como un puñado de manzanas podridas más allá de las cuales el futuro se presenta luminoso y esperanzador.

Lejos de esa visión más propia de la factoría Disney que de un análisis riguroso de lo que hay, cabría sospechar que se trata no de una coyuntura histórica determinada sino más bien de un problema estructural inherente al Sistema y que no parece tener solución dentro de los estrechos márgenes del actual Régimen. La utilización fraudulenta de fondos públicos que acaban destinados a la financiación ilegal de los partidos o al lucro personal de sus gestores no parece que vaya a tener un final a corto o medio plazo mientras los partidos y la judicatura no tomen cartas en el asunto de manera decidida y efectiva, y eso no parece probable que vaya a producirse porque nadie de los supuestamente implicados en el tema, se muestra especialmente interesado en ello.

La denuncia, investigación y posterior instrucción judicial de la minoría de casos que llegan a ser juzgados no es sino la puesta en escena perfectamente orquestada que demuestre que el Sistema funciona, mientras cada día contemplamos atónitos cómo conspicuos ladrones de lo público resultan exonerados a través de la burda excusa del “yo no sabía nada” y sin que por supuesto, jamás, todo lo defraudado revierta de nuevo a las arcas públicas. El modo de funcionamiento es sencillo: se escoge un chivo expiatorio (que no posea un excesivo volumen de información sensible susceptible de ser divulgada), se establece como icono ejemplarizante, cargándolo con todos los pecados de la tribu, se le sacrifica manteniéndolo una corta temporada en prisión hasta que la tormenta escampe… Y aquí no ha pasado nada. El resto de casos pueden ser sobreseídos sin problemas.

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