Desmontando la identidad de género: La teoría “queer” llega al baile para quedarse y ¡¡se cruza con el antiracismo!!

Carlos Monty

Que vivimos tiempos donde todos los paradigmas tradicionales están en cuestión es algo más que evidente para que quien quiera ver y no prefiera hacer la del avestruz enterrando la cabeza en el pasado. Tres luchas se libran ahora mismo sin cuartel: la preservación del medio ambiente y la soberanía alimentaria, la igualdad de género que algunos simplifican de forma insuficiente en el femenismo y la xenofobia con su corolario racista. Son los verdaderas batallas por las libertades individuales y los derechos humanos en el siglo XXI y cada vez se recrudecen más. Las tres apuntan directamente contra las estructuras básicas del capitalismo tratando de emerger hacia un mundo más humano e igualitario y por eso sufren del miedo y la incomprensión general todavía, cuando no de ataques frontales de los think-tanks pagados en todo el mundo para preservar los privilegios de quienes aún los tienen, y por supuesto los ilusorios de la siempre atemorizada clase media a través de la intolerancia dogmática de las religiones.

Pero las dos últimas, la igualdad de género y el frente antiracista parecen empezar a solidificar lazos cada vez más obvios frente a un objetivo común: el heteropatriarcado del hombre blanco como cúspide de la pirámide de su opresión que comienza por su invisibilización y la necesidad urgente de redefinir identidades y roles en la sociedad.

Como yo soy blanco, hombre y heterosexual (straight), se supondría que apuntan a mi cabeza. Por eso cuando ví que se organizaba en el siempre inquieto barrio valenciano de Ruzafa, un llamado “Taller de Lenguaje Sexista y Roles en la Danza”, no sin cierta zozobra,  decidí acercarme y exponerme perrsonalmente en la línea de tiro. A mí siempre me fue el riesgo fuera de mi zona de confort. Explorar fuera de mis límites es la única forma que conozco de ampliar mi conocimiento del mundo que me rodea. Lo que encontré me descubrió que efectivamente otra forma de relacionarnos entre géneros y comunidades, otro mundo, sí es posible desde el plano de la igualdad. Sorpresa!!

IDENTIDAD Y PREJUICIO: LA TEORÍA QUEER QUE DECONSTRUYE LAS VERDADES APREHENDIDAS SOBRE EL GÉNERO

Día a día, sobre todo cuando nos sobresaltamos con un atentado yihadista, nos enteramos que han prohibido el uso del velo en otra escuela o lugar público de reunión, se hace viral una transexual famosa como Laverne Cox o sale en peregrinación por las calles un bus afirmando obviedades aparentemente inocentes pero muy mal intencionadas como el de “Hazte Oír”, la tozuda realidad nos escupe a la cara que el esquema binario sobre el que han edificado durante siglos nuestra percepción de la realidad, de cómo relacionarnos con los demás, hace aguas, no puede silenciar por más tiempo que la construcción dominante se ha hecho a costa de negar la existencia, silenciándola o reprimiéndola, de otros enormes colectivos humanos.

Así, lo que a la población blanca de inspiración cristiana nos parece elemental, la construcción sobre binomios (masculino/femenino, fuerte/débil, blanco/negro, bueno/malo, ganador/perdedor, rico/pobre) no se corresponde en realidad con un orden natural de las cosas, como nos han educado y convencido, sino que responde a los intereses de mantener unas estructuras de poder y dominación al servicio de colectivos humanos exclusivos y excluyentes.

La llamada “Teoría Queer” surgida en el mundo universitario de tendencia homosexual y trans a comienzos de los 90 (dicho muy a groso modo) se ha ido desarrollando al punto de proveer de armamento igualitario no solo a las reivindicaciones feministas y LGTB sino incluso  se ha extendido a buena parte de las reivindicaciones afrofeministas actuales primero, y decoloniales en general, después. Así que para un blanco straight como yo habrá que explicar primero que “Queer” (mal traducido originalmente como “marica”) sirve para definir aquello que en materia de identidad de género escapa por “extraño”, “raro” o “infrecuente” a las categorías sociales comúnmente aceptadas.

Según uno de sus sitios web de referencia: “La Teoría Queer es una teoría sobre el género que afirma que la orientación sexual y la identidad sexual o de género de las personas son el resultado de una construcción social y que, por lo tanto, no existen papeles sexuales esenciales o biológicamente inscritos en la naturaleza humana, sino formas socialmente variables de desempeñar uno o varios papeles sexuales. De acuerdo con ello, la Teoría Queer (TQ) rechaza la clasificación de los individuos en categorías universales como “homosexual“, “heterosexual“, “hombre” o “mujer“, sosteniendo que éstas esconden un número enorme de variaciones culturales, ninguna de las cuales sería más fundamental o natural que las otras. Contra el concepto clásico de género, que distinguía lo “heterosexual” socialmente aceptado (en inglés straight) de lo “anómalo” (queer), la Teoría Queer afirma que todas las identidades sociales son igualmente anómalas.”

Visto desde la ajenidad confortable de la privilegiada posición de hombre blanco hetero, una primera impresión de este planteamiento es que se trata de una confusión generalizada de personas que no tienen clara su identidad, ni sexual ni como personas en un mundo cada vez más pornografiado donde la imagen en la sociedad del espectáculo es casi lo único que cuenta para ser aceptado. Pero en cuanto se escarba un poco más, se comprende enseguida que ese juicio de valor no es más que el clásico paternalismo liberal inmovilista al servicio de que nada cambie.

Para no faltar al necesario rigor de las propuestas en conflicto, me remito una vez más a sus fuentes oficiales sobre la autodesignación de la propia identidad personal:

Gracias a esa naturaleza efímera, la identidad queer, pese a su insistencia sobre la sexualidad y el género, podría aplicarse a todas las personas que alguna vez se han sentido fuera de lugar ante las restricciones de la heterosexualidad y de los papeles de género. Así, si una mujer se interesa en el deporte o un hombre en las labores domésticas, pueden ser calificados como queers. Por este motivo la mayor parte de los teóricos queer insiste en la autodesignación de la identidad. Junto al género, la identidad compone uno de los temas principales de la teoría, y eso incluye la investigación sobre la prostitución, la pornografía, las zonas oscuras de la sexualidad, etc. El vocablo, cuando se aplica a las prácticas sexuales, ofrece muchas más innovaciones que otros términos, como lesbiana o gay.

Cuando alguien se define como queer, es imposible deducir su género. Teresa De Lauretis, que fue la primera en emplear esa palabra para describir su proyecto teórico, esperaba que tuviera aplicaciones iguales para la sexualidad y la raza, la clase y otras categorías. Sin embargo, fuera de los ámbitos universitarios, cuando el término queer se refiere a la sexualidad, es más frecuentemente un sinónimo de gay y lesbiana, a veces de gay, lesbiana y bisexual y con menos frecuencia de gay, lesbiana, bisexual y transexual”

LAS MINORÍAS SALEN DEL ARMARIO Y SE ALÍAN CON OTRAS MAYORÍAS

Pero, ¿puede una minoría social (el colectivo LGTB principalmente) subvertir el orden establecido de una mayoría social de roles binarios?. Por supuesto las redes sociales como Tumblr y Pinterest, a través de mostrar sin parar prácticas extremas de pornografía, tan útiles a la espectacularización de la sociedad actual en que vivimos pero casi siempre reproduciendo esquemas de dominación/sumisión propias del heteropatriarcado que se pretendía combatir, han contribuido a popularizar algunas categorías queer, principalmente las que tienen que ver con el femdom o el vasto abanico de transformación de género, de sissy bois a transexuales en los dos sentidos.

Esto explica porqué cada vez hay más adolescentes trans sobre todo  en sociedades anglosajonas, con el problema añadido de una elevada tasa de intentos de suicidio, a consecuencia de la represión social y familiar mayoritaria y la falta de aceptación o definición de la propia identidad personal. También porqué surgen otras variantes de simulación de identidad ficticia, consideradas puro fetichismo como el “cosplay” o el “furry” (encarnación de personajes animalizados)

Sin embargo, ¿cómo es que la necesidad de reconocimiento y aceptación social de las personas que no se encuentran en el papel que la sociedad les asigna por su género biológico ha llegado a convertirse en instrumento de lucha de otros colectivos que, aún sin cuestionar su identidad sexual, sí cuestionan el espacio que la sociedad les ha reservado por su identidad racial o de género, como los colectivos antiracistas y feministas y su exigencia de igualdad?. Se lo crean o no, la respuesta está en el baile, en el baile de las personas negras, en el baile en pareja.

Acudo a un evento benéfico titulado grandilocuentemente “Por la Justicia Racial” que promete recaudar fondos en mi ciudad para “Black Lives Matter” y conexiones simultáneas con más de 50 ciudades en todo el mundo bajo el slogan “Global House Party”. Estoy un poco perplejo ante la iniciativa que organiza el colectivo “Spirit” de Lindy Hop de mi ciudad y que hasta ahora ninguna relación parecía tener con el cada vez más emergente conflicot racial y cultural. Al parecer el Lindy Hop local (más cercano al Jazz en sus orígenes) parece haberse refundado así mismo como “Valencia Blues Revolution” desde la llegada de varios activistas venidos de Oregón en la Costa Oeste USA, todos blancos y de aparente condición homosexual.

Contra todo pronóstico para mí, entre ellos y dos activistas locales, un chico y una chica, comienzan un taller de más de 90 personas, todas blancas, explicando los orígenes del baile en el blues, la relación africana con el suelo y la tierra. Inducen a simular los comienzos de la socialización en los “ballrooms” de negros en los años 30, en principio desde una base informal y de libertad individual al margen de cualquier condición, también de desinhibición, en el contexto original de liberación que para los negros ya salidos de la esclavitud suponía encontrarse con otros congéneres tras las duras condiciones de la jornada laboral semanal. No hacen mención, claro no toca, a otras condiciones del surgimiento de dichos espacios como el juego, la ley seca o la represión policial racista.

EL BAILE EN PAREJA COMO TERAPIA IGUALITARIA

Yo me quedo a la espera, por tímidez, prudencia o vergüenza ajena ante la impostura de un montón de blanc@s tratando de imitar a l@s negr@s del blues original. Sobre todo cuando veo que los negros que tenían que intervenir en el taller de danza africana programado a continuación, declinan la invitación a sumarse a la supuesta fiesta. Solo 2 adolescentes mestizas y otro varón negro se suman al taller, pero no parecen socializar con nadie fuera de su grupo. Estoy a punto de irme, cuando las cosas cambian. Como en casi todas las academias de baile, se forma un círculo en el que se ha de formar una pareja con la persona de al lado, sea cual sea su género, en la que una hará de piano y otra de trompeta. Una de leader (la que lleva) y otra de follower (la que se deja llevar). Se trata de romper la idea de que el hombre siempre lleva, siempre dirige, y la mujer siempre es la pasiva que se deja llevar en el baile. Explican incluso la forma de coger de la cintura o el brazo a la pareja según te toque leader o follower. Por supuesto a lo largo de incluso la misma canción el rol dentro de la pareja va cambiando de leader o follower, y a cada rato hay que ir rotando a una pareja distinta y aleatoria.

Mi prejuicio instintivo me hace rogar que no me toque una pareja hombre. Intuyo que me sentiría demasiado incómodo, sobre todo si me tengo que dejar llevar. Sea por que la proporción de asistentes es muy superior entre las mujeres que entre los hombres, o sea porque intencionadamente busco féminas con las que bailar, tengo “suerte” y acabo bailando con 6 ó 7 mujeres distintas. Con unas cuantas relaciones de pareja a cuestas y la mayoría interraciales, sé por experiencia que cada pareja es un mundo y cada mujer más, como decía la canción de mi adorado y malogrado Peter Perret, del grupo británico de new wave The Only Ones: “Another Girl, Another Planet”. Así que bailo tratando de acoplarme lo mejor posible a las circunstancias, sobre todo cuando no soy yo quien dirige, sino que tengo que dejarme llevar, lo que me cuesta lo mío. Unas son claramente dominantes y aprovechan su ocasión para hacerlo notar, otras son más naturalmente pasivas y otras son indolentes y pueden adoptar tranquilamente los dos roles sin ninguna agresividad en ambos casos.Todas y todos estamos aprendiendo a relacionarnos en un contexto nuevo.

Al rato de probar, el taller llega a su cumbre ideológica cuando los monitores nos explican la técnica “switch”. Un o una “switch” (conmutador, es decir que cambia de función) es en términos de identidad sexual, alguién que puede comportarse a la vez como activo y pasivo. Los monitores nos cuentan que una vez hemos probado hombres y mujeres a encarnar los dos roles tradicionales, existe un tercer rol que es el verdaderamente igualitario, en el que incluso la posición corporal de la pareja es equiparada físicamente, de forma que un brazo rodea sin esfuerzo la cintura de su pareja como si fuera a dirigirla, mientras que el otro se coloca en posición de ser guíado. Los dos brazos están en posición paralela, a diferencia de la posición tradicional que es inclinada.

Nos dicen que la clave es que ello permite a los dos dirigir y ser dirigidos a la vez y para ello la clave es el “con-sentimiento” del otro, que los cuerpos en el baile hablan “entre sí” y deben aprender a escucharse, de forma que si tu pareja quiere dirigir con la presión y tono de su cuerpo, te lo indica y el tuyo acepta o no y viceversa, de forma que los dos son libres de interactuar siempre desde el consentimiento mutuo y la igualdad. Probamos durante un rato y la experiencia no puede ser más placentera y divertida. No es una competencia entre dos. Es una colaboración en igualdad de oportunidades. Una persona segura de su identidad, sexual y personal, no es agredida en modo alguno, sea cual sea esa identidad.

Acostumbrado como hombre “straight” a llevar siempre (o casi) la iniciativa en todos los asuntos de pareja, y por supuesto en el baile, donde en casi todos los estilos es obligado, ser relevado primero de esa obligación, supone casi un descanso, y luego una liberación cuando se baila en posición de igualdad.

El “hallazgo” aunque parta de una procedencia tan tortuosa puede tener consecuencias incálculables si se extiende. La base igualitaria y de “con-sentimiento” acabaría de una vez con el abuso machista en terrenos bailables donde constantemente se confunde el derecho de la pareja a expresarse físicamente en libertad (reggeaton, dancehall y twerking, salsa y otros estilos latinos, etc.). Y más aún, imaginen además un taller así dirigido a un baile igualitario intercultural e interracial, lo que este colectivo no logró el pasado fin de semana pero va en camino. ¿Lo nunca visto, no?. ¿Alguién se atreve a formularlo y ponerlo en práctica?

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