Si la cosa funciona…

La Veranda de Rafa Rius

Este es el título de una genial comedia de Woody Allen en la que, partiendo de un núcleo de vínculos convencionales, se producen las más variadas combinaciones en cuanto a relaciones personales se refiere. Amas de casa tradicionales que acaban dedicándose a la fotografía creativa y manteniendo relaciones con dos amigos a la vez, maridos del Sur profundo que descubren que su fracaso matrimonial es debido a que lo que le gustaba en realidad era el culo del delantero de su equipo de rugby, idilios con grandes diferencias de edad y condición… el relato acaba en una fiesta de lo más variopinta en la que el protagonista, girándose a cámara y encogiéndose de hombros, afirma: “Si la cosa funciona …” Esa sencilla frase debería ser la clave para intentar llegar a un punto de inflexión en la insoportable ola de violencia contra las mujeres, un punto de inflexión a partir del cual pudiéramos caminar decididamente hacia el grado cero de las agresiones.

Trabajar para hacer entender a los violentos que cuando una relación no funciona, la solución no puede ser nunca la agresión o el asesinato sino algo sencillo y difícil a la vez y a la larga beneficioso para todas las personas implicadas: reconocer el fracaso, no caer en el error de buscar culpables que de nada sirve, alejarse sin rencor, poner tierra por medio, que el mundo es ancho y diverso y azaroso y quien sabe lo que nos depara el futuro.

Por otra parte, el problema no suele comenzar con un asesinato. El crimen es el final de trayecto pero, como lamentablemente sabemos, antes se han sucedido muchos episodios de vejaciones de todo tipo, de agresiones verbales y físicas en una trayectoria ascendente condicionada por el poder y el sentido de propiedad. Poder y sentido de propiedad de “su” mujer que suelen albergar determinados hombres y que forma parte del núcleo original del conflicto. El uso del posesivo es peligroso y revelador. Cuando un empresario habla en tono paternalista de “mis trabajadores” es porque al considerarlos de su propiedad se sobreentiende que puede hacer con ellos lo que se le ocurra. El tristemente famoso “la maté porque era mía” va en la misma dirección: la posesión incluye poder de decisión absoluto sobre lo poseído. Últimamente se ha puesto de moda un neologismo -empoderar, empoderamiento- que aplicado a las mujeres, se convierte en objetivo preferente. Esto resulta cuanto menos equívoco y aventurado. Suelo conjeturar que el ejercicio del poder es intrínsecamente perverso y proclive a todo tipo de arbitrariedades, por tanto, desde ese punto de vista, no se trataría del empoderaramiento de las mujeres sino del “desempoderaramiento” de los hombres, en el largo camino hacia la radical igualdad de derechos entre las personas.

No sería descabellado pensar en la creación de aulas en las Escuelas Públicas de Personas Adultas ya existentes, dedicadas a programas de reflexión y de lucha contra tantos micromachismos como existen en el origen de conflictos más graves y que tantos hombres y mujeres arrastramos desde nuestra niñez. Sería tarea ardua y complicada porque los hábitos y las conductas son difícilmente modificables a partir de cierta edad pero la alternativa nos conduce inexorablemente a más de lo mismo. Unos grupos mixtos de reflexión y análisis de comportamientos en cuya puerta de aula deberían permanecer grabados los versos famosos de Agustín García Calvo: “Libre te quiero/( ) Pero no mía/ ni de Dios ni de nadie/ ni tuya siquiera”.

Las relaciones entre las personas no pueden tener que ver con la posesión o el poder sino con el libre albedrío de cada cual; con la frase que Cioran escogió para su epitafio: “Ni mandé ni fui mandado, ni obedecí ni fui obedecido”.

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