Urdangarin no somos todos

Rafael Cid

El Vaivén de Rafael Cid

Ante la sentencia del caso Nóos, que absuelve a la Infanta Cristina de Borbón y condena por la mínima a su marido Iñaki Urdangarin, caben muchas opiniones. La mía no está en ninguna de las dos corrientes principales. Ni soy de los que asienten satisfechos considerándolo un fallo justo que prueba la independencia de nuestros tribunales. Ni de los que, desde la otra orilla, lamentan que las penas impuestas no hayan sido más severas, viendo en la trama otro caso de descarado privilegio a favor de los poderosos. Estoy en la tierra de nadie de los que estiman que lo sucedido sirve para recordarnos el tipo de democracia híbrida que tenemos. Me explico.

Siempre pensé, contra el criterio general, que la hija del Rey seria procesada, porque desde el primer momento se vio que el juez instructor, José Castro, era una persona intachable. Soportó carros y carretas; presiones y maledicencias; intentos de soborno y acosos. Un tenaz “escrache” que incluso le llevó a distanciarse del fiscal Horrach, un colega de toda la vida. Nunca cedió ni a tentaciones ni a halagos. Tampoco se convirtió en un “juez estrella” ni aceptó las golosas ofertas de grandes bufetes para colgar la toga. Al contrario. Contra viento y marea, y para consternación de los poderes fácticos, Zarzuela y CNI, se mantuvo en su sitio solo ante el peligro.

Intuí también que la tónica cambiaría radicalmente en el momento en que se abriera juicio oral. Sobre todo después de que la persona designada para presidir el tribunal, Juan Pedro Yllanes, saliera en estampida para presentarse como candidato de Podemos en Baleares. Signo de la batalla campal en puertas, que luego arreciaría con el intento de anular el procedimiento tras revelarse que el seudosindicato Manos Limpias, representante de la acusación popular, era un atajo de extorsionadores. Choca esta finta entre contrarios: un magistrado progresista que tira la toalla cuando tiene la oportunidad de su vida para impartir la ejemplaridad que ha ido a buscar en un partido de nueva izquierda; y un grupo ultra que se persona en solitario en una causa contra un miembro de la Familia Real sin que ningún partido de la oposición ni sindicato de clase ose asumir esa atribución constitucional.

Un escenario que, a medida que se supo de la verdadera catadura de la única acusación personada contra la Infanta (Fiscalía, Anticorrupción y Abogacía del Estado actuaron de facto como defensores), permitía sembrar dudas entre la opinión pública respecto a la culpabilidad de la copropietaria de Aizón sin arriesgar segundas y harteras intenciones. Atado y bien atado. Ahora nadie recurrirá a mayores la sentencia porque la acusación popular está entre rejas. Lo nunca visto.

Resumo. Si no me adscribo ni a la secta de los optimistas ni al club de los pesimistas es por otros motivos. Por una parte, porque lo ocurrido era lo presumible en una monarquía hereditaria que administra justica en nombre de un jefe de Estado inviolable e irresponsable. Y por otra, porque, así y todo, ha quedado demostrado que basta con que haya un ciudadano honrado para que toda la farsa quede al descubierto. La primera razón es la que explica que el tongo en el caso Nóos sea más que una sospecha y que se meta en la cárcel a unos titiriteros o se juzgue a unos representantes políticos por sacar las urnas a la calle. Y por el otro, porque siempre habrá un juez valiente o un 15M dispuestos a decir adiós a todo eso. De ahí que el PSOE y Ciudadanos hayan declarado que lo ocurrido significa que “la justicia es igual para todo”, el errejonista Yllanes que el tribunal ha hecho un buen trabajo, y Castro que “ha dado por bueno que la Infanta era una mujer florero”.

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