Una palabra vale por mil imágenes

La Veranda de Rafa Rius

Vivimos tiempos de múltiples pobrezas. Junto a la pobreza energética, la pobreza de ideas y la pobreza pobreza, padecemos una terrible pobreza comunicativa. El paradigma comunicativo en las redes es twitter: 140 caracteres que no dan “pa ná”. Pero incluso el twitter parece haber devenido en un ejemplo de lenguaje prolijo, excesivo, y se ha visto ampliamente superado en la guerra por la concisión informativa por “emoyis”, “emoticonos” y “me gusta/no me gusta”, que entrarían dentro del amplio espectro de los ideogramas. Un ideograma, vendría a ser un signo esquemático que representa de manera global conceptos o mensajes simples y que se caracteriza por su comprensión universal, su economía y la rapidez con que se verifica su percepción. Están entre nosotros desde las primeras culturas con escritura y ahora, después de Homero, de Plutarco, de Shakespeare y Cervantes, de Kafka y de Joyce, hemos entrado en bucle y volvemos a nuestros inicios jeroglíficos.


“Emoyi” -palabra compuesta que significa imagen + letra- es un término japonés procedente del manga para los ideogramas o caracteres usados en mensajes electrónicos y sitios web. Los emoyis, como sabemos y soportamos, son utilizados principalmente en conversaciones de texto a través de los llamados teléfonos inteligentes, traducción literal del hiperbólico término inglés “smartphones”. Nacieron con el siglo y sólo en 2016 han aparecido 72 nuevos símbolos. Por su parte, los “emoticonos” son el equivalente anglosajón y vienen a ser más de lo mismo: iconos, supuestos transmisores de emociones. En China no podían ser menos y, más austeros ellos, también cuentan con una variante a través de determinados números a los que se les dota de un significado ideográfico. Por último el “Me gusta / no me gusta” es un sistema de respuesta rápida impuesto por Facebook que, después de nueve años ha advertido las limitaciones de su propuesta, ha ampliado desmesuradamente su oferta y ahora ya nos permite marcar los botones de: “Me encanta”, “me divierte”, “me asombra”, “me entristece” o “me enfada”, con sus correspondientes caras para expresar emociones sintéticas, dejando así sobradamente satisfechos todos los aspectos relevantes de nuestras necesidades comunicativas…
Como podemos observar, vivimos tiempos en los que al parecer, no estamos para sutilezas, matices ni complejidades. La comunicación, cuanto más simple y directa, desprovista de elementos ambiguos e inciertos que la puedan complicar introduciendo en ella los insidiosos nubarrones de la duda, mucho mejor y mucho más útil y provechosa para los que han implementado y potenciado este sistema de relaciones interpersonales, conformando así un triste episodio más de la contumaz distopía en la que habitamos.
La aceptación del ideograma como referente de comunicación supone una sacralización de la banalidad comunicativa, la epifanía de una nueva forma de nombrar sin apenas decir nada, el concepto llevado a sus limites extremos de ausencia, una ausencia también de sujeto que la hace resultar tan impersonal como en el caso de Odiseo para Polifemo: su nombre es Nadie. Su significado, en último extremo, ninguno. Podemos concluir que la recuperación de nuestra historia tiene lugar a través de la palabra. Si perdemos la palabra, si la convertimos en “emoticón” vacío de referentes, perderemos nuestra historia y por tanto, nuestra identidad.
En cualquier caso, no es para preocuparse, los malditos ideogramas poseen la ventaja de estar por encima de las dificultades idiomáticas: desde tiempos de los romanos, una mano cerrada con el pulgar extendido hacia abajo comunica al receptor, venga de donde venga, que su futuro inmediato se presenta bastante oscuro. Como parece ser nuestro caso si no le ponemos remedio.

Un comentario sobre “Una palabra vale por mil imágenes

  • el 15 febrero 2017 a las 16:32
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    Siempre en la brecha…Saludos, compañero.

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