Iluminados por el fuego

Rafael Cid

El Vaivén de Rafael Cid

Una percepción de inseguridad vital provocada por el terrorismo yihadista, el desvalimiento causado por el impacto social de la crisis económica, el descrédito de la democracia nominal por la sistémica corrupción institucional y el suicidio de una sedicente izquierda adicta al “cuanto peor mejor” que parece querer retroceder hasta los negros tiempos del pacto Stalin-Hitler (¡recordad Alepo!) , son algunos de los factores que están conjurando la tormenta perfecta para que el 2017 sea el año cero en que fascismos de nuevo cuño alcancen el poder en Europa gracias al inapelable veredicto de las urnas.

Hay un tipo de fe que mata. La fe que ciega. La que al revelarse deja el cerebro tronado. Sin capacidad de discernir, solo de embestir. No es luminaria de una religión concreta. Acecha en todas las creencias. También en las confesiones laicas. Aquellas que proponen ideales totalitarios, sublimes y perfeccionistas utopías (teleológicamente distopías). El fundamentalismo no tiene patria. Está en los “lobos solitarios” que golpean en el hemisferio cristiano tanto como en las “misiones de paz” con que occidente encubre sus razias neocoloniales. Los primeros aterrorizan a la sociedad civil y ceban el revival de los ultras xenófobos hacia el poder. Los segundos brutalizan el derecho de gentes y dejan las resoluciones de la ONU en papel mojado.

El año 2017 en ciernes concita muchas incertidumbres y peligros en esos territorios. Aunque sin duda la perspectiva más negra es la que apunta a la voladura controlada de los valores que dinamizaron la Ilustración. No los que abanderó la Revolución Francesa, libertad, igualdad y fraternidad, que siguen siendo un desiderátum según por dónde se tome el pulso social. Me refiero a los otros principios de convivencia incorporados a nuestra cultura, la tolerancia, el pluralismo y sus derivados empáticos, que han polinizado la forma de ser democrática, con todas sus lagunas y carencias.

En esa tormenta perfecta que supone la imputación de la crisis de arriba abajo con que los gobiernos han trampeado la gran recesión, ganándose un merecido descrédito, se une ahora su incapacidad para garantizar la seguridad de los ciudadanos. Y la cosecha derivada de semejante agujero negro deviene en intransigencia, exclusión, insolidaridad y pánico. Un calabobos del que se nutren los partidos autoritarios emergentes, con su promesa hipodérmica de cambio, látigo y orden caiga quien caiga. Los sicofantes del siglo XXI.

Con esos mimbres, y casi de manera espontánea, brota una visión beligerante de la política concebida como un campo de batalla. La dialéctica hegeliana amo-esclavo que ha teorizado durante lustros la guerra social, reciclada en la contemporánea sociedad postclases como pugna amigo-enemigo, con el nazi Carl Schmitt de profeta. A diestra y siniestra, los nuevos cruzados llegan uncidos al podio del pensamiento único y la fe ciega, como heraldos del absolutismo neoliberal y del totalitario ultranacionalista. Sin que admitan matices ni ponderaciones. “Quien no está conmigo está contra mí”, es el lema de chequistas e inquisidores.

¿Por qué se produce está irrupción de la superstición a gran escala en una de las etapas de la humanidad de mayor progreso técnico-científico? El filósofo alemán Jürgen Habermas apunta en la dirección de llenar un vacío existencial: “Las tradiciones religiosas proporcionan hasta hoy la articulación de la conciencia de lo que falta. Mantienen despierta una sensibilidad para lo fallido. Preservan del olvido esas dimensiones de nuestra convivencia social y social en la que los progresos de nuestra modernización cultural y social han causado destrucciones abismales” (Entre religión y naturismo).

Es una opinión docta para interpretar ese reino de la Machtpolitik (política de fuerza), donde nadie es enteramente inocente aunque las responsabilidades no sean equiparables. 11-S, invasión de Irak, 11-M, guerra de Siria, ocupación de Crimea, son algunas pautas de la gangrena habilitante. Un cisma que recrea el hobbesiano “homo hominis lupus” (el hombre es lobo para el hombre), aunque el actual egoísmo cainita no enfrenta a rangos de clases (capital y trabajo) sino a semejantes en percepción de necesidad (trabajadores azotados por la crisis frente a emigrantes del hambre y refugiados políticos). Sus protagonistas estelares son los Trump, Putin, Erdogan, Orbán, y cuantos vates esperan desembarcar el próximo año en Europa tras la elecciones en Francia, con una Marine Le Pen en el disparadero, y en Alemania, con una Ángela Merkel tachada por la censura (por el “delito” de haber acogido a más de 900.000 apátridas). La reciente victoria pírrica de un verde independiente en Austria solo es una anomalía del sistema.

Estos lodos tienen pedigrí. Cuando la Segunda Internacional acuñó la competencia política mediante partidos socialdemócratas de ámbito nacional, entronizó la quiebra de la solidaridad internacional entre los trabajadores (¡proletarios del mundo, uníos!). Un desanclaje que facilitó que el “ejército de trabajadores” se militarizara en favor de sus respectivos gobiernos para matarse en los campos de batalla de la Gran Guerra (1914-1918). Con tanta saña que los escasos intelectuales que se enfrentaron a la ola chauvinista fueron repudiados públicamente cuando no asesinados (caso de Jean Jaurés). Las metástasis de esa conflagración fratricida terminaría dibujando un mapa político de partidos socialistas en un solo país: etimológicamente, partidos nacionalsocialistas.

Lo que hoy denominamos terrorismo lo inventaron los Estados imperiales y sus rapiñas cuando se lanzaron a reprimir las revueltas en sus colonias. Desde el genocidio español en América (la “acción evangelizadora”) hasta el estadounidense (exportando “su democracia”) o el soviético (“la patria del proletariado”), pasando por el inglés (¡Dios salve a la reina!) o el francés (la grandeur), todo viene bendecido por “razones de Estado”. Un terrorismo que hoy se perpetra a larga distancia con drones y arsenal a control remoto, y que antes rara vez tenía réplica en la metrópoli, dada la distancia y el aislamiento de las poblaciones sometidas. Algo que la globalización y su innata transversalidad ha sentenciado al trocar la impunidad de antaño por la capacidad de respuesta diferida a cargo de las víctimas o allegados. En su libro Reflexiones sobre la guillotina (1957) Albert Camus abordó el tema de esta positivación de la violencia.

A su envés, el terrorismo resistente o de venganza es más reciente, y tuvo sus manifestaciones más conocidas en casos de tiranicidio (Simón Radowitzky) y de regicidio (Mateo Morral), que solían conllevar la inmolación del que lo perpetraba. Además normalmente discriminaba a la víctima, aunque no siempre (atentados anarquistas del Corpus y del Liceo), y era individualista, aunque no siempre (la organización armada ETA en Hipercor y su teoría del al “socialización del dolor”). Un rasgo que se ha mantenido parcialmente en los actos terroristas del fanatismo religioso, que si bien siguen implicando el “martirio” de sus autores (11-S) se consuman contra la población en general (atentados yihadistas con camión en Niza y Berlín), en un claro mensaje de que consideran a la ciudadanía cómplice de las fechorías de sus gobiernos (Sartre y su socialización del sufrimiento). O sea, es el triunfo desideologizado del troquel nazi amigo-enemigo, que no por casualidad recupera su primitiva condición de terrorismo de Estado, religioso, en el caso actual del ISIS (Estado Islámico).

Por eso un héroe de nuestro tiempo es el soldado Manning. Se trata de un hecho aislado, aunque de enorme mérito y trascendencia para despertar sensibilidades abotargadas. Porque en el plano convencional las consecuencias suelen ser perversas. Como los partidos van al granero del voto popular, cuando la gente se derechiza al sentirse vulnerable por embates exteriores, las formaciones se disciplinan en el mismo trágala oferta-demanda. El ejemplo está en Francia cara a las elecciones 2017, donde gane quien gane ocupará El Eliseo un espécimen salvapatrias (Le Pen, Fillón o Valls). Ese es el panorama que se nos echa encima, un neofascismo populista (político, económico, cultural, social, racista, homófobo y antiecológico), de consecuencias imprevisibles. Y no irrumpe de mano de la derecha conservadora tradicional, sino por la irresponsable ceguera de una izquierda acrítica que hizo emblema del odio a la democracia y confundió antiamericanismo con anticapitalismo, dejando en barbecho mentes, conciencias y sensibilidades para ser reprogramadas por los nuevos bárbaros.

La historia se repite, y no es como farsa. La indiferencia con que las cancillerías occidentales y la izquierda comunista internacional han aceptado atropellos criminales como la anexión militar de Crimea y el derribo de un avión comercial con cerca de 300 personas a bordo sobre suelo de Ucrania por Rusia y sus salidos, y el pavoroso asedio a Alepo por Putin y Bashar al-Ásad festejado como “liberación” por la gauche de la revolución pendiente, recuerdan la “neutralidad” con que esas mismas fuerzas recibieron en 1939 la alianza entre Stalin y Hitler para repartirse los Balcanes. El caso de Siria es una continuación de lo ocurrido antes en Egipto cuando las potencias dominantes (EEUU, Rusia, Israel) y los partidos y sindicatos de izquierda al unísono apoyaron el sangriento golpe militar del general Al Sisi contra su primer gobierno democrático, enterrando los últimos vestigios de la primavera árabe (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=220796). ¿Por qué Siria, al contrario que Irak, no mereció un clamoroso “No a la Guerra”? Al parecer todavía hay clases de cadáveres.

Otra vez las gentes carne de cañón de los “señores de la guerra”. Explotadas y sometidas por autócratas y déspotas, no solo contribuyen con su sudor a financiar demenciales medios de aniquilación masiva, derrochando inmensos recursos del patrimonio social, sino que incluso dotan de munición humana a los patrióticos escuadrones de la muerte movilizados por sus Estados. Según acaba de reconocer el ministro de Defensa ruso Shoigú, durante la campaña siria el Kremlin ha probado 162 modelos de armas nuevas y otras modernizadas, entre ellas los aviones Su-SM y Su-34, y los helicópteros Mi 28 H y Ka 52. Manda la estratocracia, que decía Castoriadis, el keynesianismo bélico, constatando que en un mundo unipolarmente capitalista el complejo militar-industrial global supone el último bastión del sistema Trump y Putin ya han empezado a competir para ver quién tiene el mayor arsenal nuclear.

Casi nadie piensa ya, con Brassens, que la música militar nunca nos puede levantar. Al contrario, en realidad esa letanía nos acuna. La víspera de Nochebuena pasé junto al Cuartel General del Ejército, en plena plaza de la Cibeles de Madrid, y observé a un gentío arremolinándose para contemplar un nacimiento gigante instalado en sus jardines, escoltado por sendas piezas de artillería. Personas sencillas admirando el Belén mientras la banda del cuerpo de guardia del centro que coordina las “misiones humanitarias” españolas en medio mundo tocaba “Noche de Paz”. Como la viuda misma. La orquesta militar que viaja en el Tupolev 154 estrellado en el mar Negro también iba en embajada de buena voluntad. Los integrantes del Coro del Ejército Rojo se dirigían a Siria para festejar el Año Nuevo con las tropas de la agrupación de la base aérea de Jmeimim que, con sus oleadas de bombardeos sobre Alepo, tan decisivamente contribuyó a la capitulación de la ciudad asediada por el régimen del dictador Bashar ál-Asad. Gracias, Colau, por vetar a policías y militares en el Salón de la Infancia de Barcelona. Por algún sitio hay que empezar a decir basta.

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