Liberticidio en Tel Aviv

La Veranda de Rafa Rius

A menudo nos encontramos con noticias aparentemente pequeñas pero que esconden un trasfondo que conduce a territorios que resultan cualquier cosa menos banales y se nos presentan más reveladoras de significados ocultos o más bien ocultados que la mayoría de grandes titulares con que nos machacan a diario desde los medios desinformativos. Recientemente, un suceso supuestamente banal, casi una anécdota ocurrida en el parlamento israelí ha puesto de manifiesto esta situación: “Un grupo de mujeres -diputadas y asesoras- han visto prohibida la entrada a su lugar de trabajo con el pretexto de que sus faldas o vestidos eran considerados demasiado cortos. Posteriormente, un grupo de cincuenta mujeres se concentraron a la puerta del Kneset (Congreso de Diputados) para protestar contra la medida acerca de la vestimenta femenina dictada por el Director General del Parlamento Ronen Plot”.

No, la cosa va mucho más allá de una simple noticia chusca y tiene cuanto menos dos lecturas. Por una parte, señalar que todos los feminicidios sangrientos hunden sus raíces en este fascismo machista cotidiano, supuestamente de importancia menor pero causa y sinrazón de todo el horror posterior y, por otro lado, poner de manifiesto que en todas las religiones, especialmente las monoteístas, cuecen habas. Últimamente, se impone un relato en el que todas las atrocidades, especialmente las dirigidas contra las mujeres, tienen su origen y su ámbito de mayor conflicto en el Islam; pues tal parece que no es únicamente así, ya que los varones judíos fundamentalistas, también se arrogan el derecho a decidir cual es la vestimenta más apropiada no sólo para las mujeres de su secta, que deben tapar piernas y brazos y llevar la cabeza cubierta por un velo, sino para todas las demás cuando pretenden acceder a un determinado lugar (en las mujeres, claro, del atuendo de los varones, con su look vintage de levitones negros, sombrero, barba y trencitas, de eso no dicen nada) Y por último, pero no en último lugar, las religiones cristianas no se escapan de esta aberrante normativa. Sólo baste recordar el papel de la mujer en la Santa Iglesia Católica, dos mil años subalterno y subordinado a la jerarquía masculina y donde los curas pueden vestir de “civil” pero las monjas aún tienen que cargar con los pesados hábitos y las tocas con las que ocultan pudorosamente sus cabellos. En las tres principales religiones cuyo referente es la Biblia, la mujer sigue cargando con el estigma de la malvada y provocadora Eva que hizo pecar al inocente Adán y debe pagar eternamente por ello.

Por otro lado, más allá del tufo misógino de la noticia, habría que recordar el radical derecho de toda persona a ir vestida -o desvestida- dónde, cuándo y como le venga en gana, sin diferencias de sexo, edad o condición y sin que ninguna autoridad estatal o religiosa tenga por qué inmiscuirse en ello. Y aquellas personas que se escandalicen por algo que en ningún caso les atañe, que se lo hagan mirar porque tienen un serio problema.

El lento y denodado genocidio palestino por parte de las autoridades sionistas israelíes, es con mucho el principal foco de preocupación en la zona, pero el prestarle a ello la debida atención, no debería hacernos olvidar hechos como lo sucedido a las puertas del Kneset porque en este tipo de aparentes anécdotas intrascendentes, se encuentra el origen y la explicación de muchas atrocidades. Mientras existan problemas como la contaminación del conjunto de la sociedad laica por parte de religiones que se creen en posesión de la verdad absoluta, con dirigentes autoproclamados intérpretes exclusivos de su dios y con derecho a imponer sus caprichos a todo dios, se hace difícil hablar de cualquier cambio para mejorar la inicua sociedad que habitamos.

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