Dulce, empalagosa, tramposa Navidad

La Veranda de Rafa Rius

Pregunta: ¿Qué tiene que ver el supuesto nacimiento de un no menos supuesto profeta en la Palestina de hace dos mil años con las celebraciones paganas del solsticio de invierno?

Respuesta: El beneficio económico-religioso que se extrae de todo ello. De un lado, las ganancias de un comercio que concentra en poco más de un mes la mitad de sus ventas anuales y de otro, el acercamiento a los ritos religiosos del mítico nacimiento de cristo para recristianizar una parroquia que el resto del año permanece bastante inmune a los cantos de sirena de la Santa Madre Iglesia.

La mayor parte de culturas ancestrales estructuraban su acontecer vital en función de lo más evidente, de lo que más a mano tenían y más atraía su atención: los cambios propios de las diferentes estaciones del año. En sintonía con el decurso solar, plantaban sus cultivos, daban por acabado el frío y la tierra yerma, recogían la cosecha… y el final de una estación y el principio de la siguiente era subrayado con festejos que coincidian con solsticios y equinoccios. En eso que llegó la iglesia católica y los hizo suyos de manera arbitraria, por la jeró, como de costumbre. Así, el equinoccio de primavera que celebraba con fuego el final del invierno, se lo adjudicaron a san José, por aquello de que según ellos, era carpintero o, en el caso que nos ocupa, las fiestas en honor al dios Saturno que en Roma celebraban el solsticio de invierno, fueron vampirizadas y transformadas -¡Ale hop!- en el día del nacimiento de su cristo, sin ningún dato histórico que lo avale.

Las Saturnalia romanas celebraban el triunfo del Sol que a partir del solsticio comenzaba a alargar su presencia en los días de invierno y lo hacían con banquetes e intercambio de regalos. ¿Nos suena esto de algo? Estas fiestas contaban con un gran arraigo popular y la Iglesia primitiva tuvo fuertes dificultades para conseguir reutilizarlas e introducir en ellas con calzador el tema del Belén. Al final, como de sobra sabemos, se salieron con la suya. La gente se fue olvidando del triunfo del Sol y ahora mismo se ha visto sustituido por millones de bombillitas que lo parodian. Si además, el dios Mercado ha venteado las inmensas posibilidades de negocio que las fechas ofrecen, ¡ya tenemos el tinglado navideño montao!

Para que todo este macromontaje se digiera adecuadamente, nos lo sirven aderezado con dosis masivas de ternurismo bobalicón. “Tó er mundo é güeno” durante unos días y el nivel de estupidez, ya de por sí suficientemente elevado durante el resto del año, alcanza estos días cotas difícilmente imaginables. En todo esto, la colaboración de los medios desinformativos es fundamental: en televisión, toda película o serie que se precie tiene que incluir algún episodio navideño y los periódicos y revistas colaboran adecuadamente dando puntual noticia de los timos en forma de todo tipo de loterías y rifas de las que tanto abundan en estas fechas.

Según la Organización Mundial de la Salud, cerca del 50% de la población sufre de ansiedad y depresión durante estas “celebraciones”; no importa, el negocio debe continuar. España es el 7º país del mundo por consumo navideño con una media de 300€ per cápita. El aumento de las compras on line aumenta imparablemente, a pesar de lo cual, los centros comerciales y las zonas de tiendas de las ciudades se verán una vez más abarrotadas. Empalmando por delante con el nuevo invento del “viernes negro” y por detrás con las tradicionales rebajas de enero, se ha diseñado a la perfección más de un mes de compras compulsivas y si no hay dinero, para eso están las tarjetas de crédito y si nos endeudamos, que más da, para algo nos han contado que ya hemos salido del túnel de la crisis y hay que demostrarlo consumiendo lo que sea, no importa si maldita la falta que nos hace.

La Nochebuena, la verdadera noche buena, estaría bien pasarla, cenando en casa lo de siempre, como cualquier otro día del año, o mejor aún, saliendo al campo para celebrar en torno a una hoguera, el solsticio de invierno y la progresiva presencia del sol en nuestros días.

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