Cuba, una experiencia insólita

La Veranda de Rafa Rius

imgres-3Con la muerte de Fidel, ha caído el telón sobre el primer acto de más de medio siglo de castrismo, una experiencia insólita, manifiestamente diferenciada de todas las revoluciones de intención socialista que en el mundo han sido. El triunfo de la insurrección de un pequeño grupo de guerrilleros sobre una dictadura tan corrupta y mafiosa como la de Batista así como el hecho de producirse a pocos kilómetros de las costas de EEUU, el gran gendarme del capitalismo, le confiere una singularidad merecedora de un estudio pormenorizado de sus vicisitudes.

Su resistencia de tantos años a un acoso asfixiante no podría entenderse sin profundizar, tanto en el análisis de la idiosincrasia del pueblo cubano como en la singularidad de un sistema sociopolítico mediatizado por su necesidad de supervivencia en un entorno manifiestamente hostil. En una primera hora, el castrismo se caracterizó por la evolución del sustrato ideológico de un régimen que empezó dentro del marco de un socialismo heterodoxo y pronto derivó en un acercamiento a la URSS como búsqueda de un equilibrio frente a la presión insostenible del poderoso vecino del Norte, dentro de la lógica de una política mundial de bloques en el contexto de una guerra fría que a la sazón se desarrollaba con su máxima virulencia. Aquello que inicialmente el régimen cubano conjeturó como necesidad ineludible, fue pervirtiendo y socavando los presupuestos iniciales de la Revolución (1) hasta convertirlos en reos de los intereses soviéticos. El Partido Comunista Cubano comenzó a ejercer un férreo control sobre el conjunto de la sociedad, priorizando ostensiblemente la seguridad frente a la libertad.

En cualquier caso, las opiniones sobre la situación cubana han oscilado entre la hagiografía y la condena sin paliativos. A favor o en contra. Para unos era intrínsecamente perversa y en ella nada era salvable, para otros era la utopía añorada y no admitía ningún tipo de críticas, bajo pena de ser considerado un gusano imperialista. Ni uno ni otro posicionamiento conducen a nada útil para comprender y mejorar la situación del pueblo cubano. Si, de un lado, resultan innegables los evidentes logros en sanidad y educación, así como en la lucha por la dignidad de las personas, de otro, no se puede soslayar la precariedad, el incremento de las desigualdades, la pervivencia de la prostitución forzada, la homofobia o el hecho constatable de que en el gobierno o en las élites de poder, no hayan apenas personas de piel oscura, aun cuando su población alcance cerca del 40% del censo.

Si bien es cierto que las condiciones de vida de las clases populares en la isla no son precisamente boyantes, no es menos cierto que su situación en las llamadas democracias participativas occidentales -España, sin ir más lejos- no es precisamente mejor y si en Cuba hay un déficit de Derechos Humanos, qué podemos decir de nuestro amado país donde, con la Ley Mordaza en la mano, puedes acabar en prisión por manifestarte o formar parte de un piquete informativo. No estamos para dar lecciones a nadie.

Así que, ni a favor, ni en contra, sino buscando una necesaria ecuanimidad. Seria bueno que la muerte física de Fidel no supusiera la muerte de los ideales que en el lejano año 59 impulsaron a un puñado de guerrilleros a luchar por dignificar la vida de los cubanos. Frente a los cenizos que auguran la conversión de Cuba en una pequeña China del Caribe, en el ámbito de un comunismo capitalista, ojalá la desaparición del líder histórico sirva de punto de inflexión para redescubrir nuevas posibilidades de actuación que conviertan a Cuba en el país de la libertad, la justicia social y el gozo de vivir.

¡Que así sea!

(1) Sobre la evolución política de Cuba en lo referente a la libertad de expresión, resulta interesante leer “El olor de la guayaba” de Plinio Apuleyo Mendoza. Un análisis que, aunque sesgado, resulta clarificador. También puede resultar interesante la lectura de las novelas de Leonardo Padura para tener una visión desde dentro de la cotidianeidad de La Habana vista por alguien que se ha quedado.

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