Ni con los Clinton, ni mucho menos con Trump

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Artículos Perecederos.

Antonio Pérez Collado.

Aunque nunca la globalización había sido tan global, resulta muy significativo que las contadas agencias que controlan la información planetaria sólo nos repitan machaconamente las noticias que al poder le interesa que conozcamos y ayudemos a difundir hasta la saturación. Y qué tema más propicio para convertirlo en noticia universal que las recientes elecciones de los USA, la todavía primera potencia militar, económica y cultural del mundo.

En nuestro país ha venido muy bien ese desplazamiento de las noticias hacia la metrópolis americana para no tener que abordar el caos (no la Anarquía) que vive la cosa política autóctona. Salvando las distancias que sin duda hay entre las realidades española y estadounidense, no se puede negar que las reacciones de los medios y expertos situados en esa ambigua posición que llamamos izquierda, ha sido muy parecida: en lugar de analizar las razones que ambos electorados pueden haber tenido para no dar su apoyo a las candidaturas teóricamente más progresistas, se han limitado a reprochar a los votantes naturales de la izquierda (trabajadores, inmigrantes, minorías étnicas y culturales, etc.) su falta de coherencia y su “traición” a los valores que, se supone, encarnan los partidos derrotados en ambos procesos electorales.

En los casos más extremos se llega a insinuar que las pocas opiniones que han surgido para preguntarse públicamente si no será la propia izquierda, dispersa y desorientada, la que ha servido el triunfo en bandeja a partidos y candidatos que en circunstancias, digamos normales, nunca habrían ganado unas elecciones, dados su poco carisma y sus ambiguos programas, son inmediatamente consideradas poco menos que como posicionamientos a favor de la derecha o poses elitistas de gente que no conoce el dolor que sufre la mayoría de la humanidad y que frivoliza con cosas tan serias como son las consecuencias que va a tener el triunfo de Trump y Rajoy.

Resulta increíble que todavía se siga practicando ese dualismo simplón, que tanto se ha aplicado en regímenes autoritarios, de “estás conmigo o contra mí” como si no hubiera múltiples posturas ante una misma situación o realidad. Criticar con argumentos claros las políticas del PSOE o de Podemos no te convierte en seguidor del PP, ni recordar el pasado y las promesas incumplidas del matrimonio Clinton o de Barack Obama supone que tus simpatías pasen automáticamente a un ser tan despreciable como Donald Trump.

Negar que el mundo no para de cambiar y que ahora lo está haciendo a peor es de una miopía mental preocupante. Otra cosa distinta y discutible es si ese empeoramiento se decide y pone en marcha por los ilegítimos amos y verdaderos mandatarios del orbe, o si son los respectivos gobiernos los culpables de que el Capital avance más o menos en sus recortes y expolios. En mi caso me inclino algo más por la primera opción; no por manías de viejo, sino por la observación de los hechos y por la experiencia directa de toda una vida.

Supongo que cualquier ser humano tenemos razones para temer al gobierno casi mundial de Trump, no sólo por sus bravuconadas racistas, machistas y autoritarias, sino (o incluso más) por que encarna la cara más salvaje del capitalismo mundial y, encima, nos pilla a la otrora potente e internacionalista clase obrera absolutamente confusa y desorganizada, incapaz de frenar las ofensivas de las grandes empresas y bancos a nuestros derechos y libertades.

Pero esta situación no ha sido, por desgracia, muy diferente con gobiernos anteriores en Madrid y Washington. Dejando a un lado lo nuestro (porque de Zapatero y González ya se ha hablado bastante) y centrando la crítica a los anteriores gobiernos auspiciados por Wall Street merece la pena recordar algunas acciones y omisiones de las presidencias de Bill Clinton y Barak Obama para poder comprender o incluso perdonar al electorado que no ha apostado en esta ocasión por el Partido Demócrata de EE.UU. Y puestos a señalar, dirijamos nuestro dedo acusador al campo de concentración (así, con todas las letras) de Guantánamo y a todos los pueblos que siguen sumidos en guerras e invasiones donde marines y drones siembran el dolor y la muerte.

No olvidemos tampoco que con Obama la población negra e hispana ha seguido siendo víctima de la represión policial, que dos millones y medio de inmigrantes han sido expulsados de los EE.UU. Seamos conscientes también de que los trabajadores de la industria y los servicios o las familias granjeras (sectores a los que se responsabiliza de no saber votar adecuadamente) han sido empobrecidos al máximo. Las cárceles han seguido llenándose de reclusos de origen humilde y los bancos de los parques se han convertido en el único hogar para miles de personas expulsadas del american way of life.

Teniendo en cuenta estas observaciones creo que será más fácil entender que una ciudadanía acostumbrada a elegir cada cuatro años entre dos opciones cada día más parecidas, sintiéndose engañadas durante dos legislaturas por los supuestos “suyos” (demócratas allí, socialistas o emergentes aquí) acabe votando a desgana por un mal seguramente mayor. Quizás ha llegado el momento de dudar de este caduco modelo, el parlamentarismo, y de ponerse a buscar otras formas de participación directa y de gestión colectiva sobre nuestra vida cotidiana.

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