¿Incapaces de dialogar?

Félix García Moriyón.

Profesor de Filosofía, Universidad Autónoma de Madrid.

Félix García Moriyón
Félix García Moriyón

Todos hemos podido ver con cierto hastío y algo de preocupación el mucho tiempo que los partidos políticos perdieron en los cuatro meses después de las elecciones de diciembre de 2015. No es fácil de entender, sobre todo si uno piensa que las personas dedicadas a la política tienen como principal objetivo resolver los problemas del país, si bien es cierto que cada opción política puede entender de distinto modo cuáles son los problemas más importantes y cuáles las medidas políticas más adecuadas para resolverlas, lo cual no facilita los acuerdos. Sólo dos partidos, PSOE y Ciudadanos se sentaron realmente a negociar y lograron un pacto, pero supongo que eran plenamente conscientes de que ese proceder hacía imposible que otros partidos se sumaran al proyecto, o por lo menos se abstuvieran en la votación, otorgando así un apoyo indirecto a ese proyecto de gobierno.

Mientras escribo esto, faltan 28 días para que la ciudadanía acuda nuevamente a las urnas y lo más probable es que, aunque la votación dé resultados muy parecidos a los actuales, se tenga que llegar definitivamente a un pacto, único camino para que se dé la posibilidad de crear un gobierno. Esta plazo temporal me obliga a reflexionar con cierto distanciamiento tanto con lo ocurrido en los cuatro meses anteriores como lo que pueda ocurrir en las semanas o meses que pasen tras el 26 de junio.

David Johnson, en un interesante libro titulado La controversia constructiva aporta un par de ideas importantes que vienen al caso que nos ocupa. En primer lugar, se trata de no ver en los conflictos algo negativo, sino más bien una oportunidad para estimular nuestra creatividad, teniendo en cuenta además otros puntos de vista. En segundo lugar, hay que diferenciar muy bien, cuando se afronta un conflicto, entre ganar el conflicto o resolver el problema que ha dado lugar al conflicto. Si se adopta el primer enfoque, tiene que haber ganadores y derrotados, pues pocas veces se da la situación de que todos puedan ganar. Si se adopta el segundo, está claro que se terminan encontrando soluciones que sean suficientemente satisfactorias para las partes implicadas lo que permite que todos ganen y todos pierdan al mismo tiempo.

Está claro que una posible explicación de lo ocurrido en España tiene que ver más con lo segundo que con lo primero. Es decir, el objetivo que han considerado prioritario los líderes políticos ha sido el de acceder al poder ejecutivo y en este tema está bastante claro que el poder del ejecutivo no está ni fragmentado ni dividido: tiene una clara estructura jerárquica en la que la persona que ocupa la presidencia nombra a los demás miembros y les retira del cargo cuando le parece oportuno. Dos personas no pueden ocupar el mismo sillón.

Es decir, los partidos, quizá arrastrados por inercias nefastas, de las que se han contagiado incluso los nuevos, en especial Podemos, buscan el poder que, lejos de ser un medio para aplicar las políticas que ellos defienden, terminan convirtiéndose en un fin en sí mismo. Y cuando del poder se trata en política se llega a confrontaciones ya sea en versión dura, como la que muestran dos famosas series, Juego de tronos o House of Cards, o en versión más débil, como la que hemos visto en estos cuatro meses: descalificaciones mutuas, líneas rojas, reparto de cargos… Primero hacerse con el poder, y luego afrontaremos la resolución de los problemas siguiendo nuestros principios programáticos, o aplicando otros si las circunstancias lo exigieran.

En cierto sentido hemos asistido a una representación algo tosca, pero bastante aproximada, de la idea de la política defendida por el gran y profundo teórico Carl Schmitt, quien abordó el estudio de la actuación política en el marco de una teoría general del conflicto y de la guerra. Pensador de derechas, que ocupó cargos en el nazismo, entendió que la política se distinguía por ser una confrontación entre amigos y enemigos, una pareja de conceptos análoga a otras importantes en filosofía: verdadero-falso, bueno-malo, bello-feo. La política era, por tanto, el ámbito de la polémica (palabra de resonancia guerrera, que es lo que significa polemós), versión incruenta de la guerra. Por eso mismo, el horizonte último de la política es la confrontación total, que se da en la guerra y en la revolución. Al enemigo, ni agua, expresa un dicho bien antiguo, y de eso se trata en la confrontación política, sólo levemente dulcificada en una cierta cortesía parlamentaria que no suele ser tal. Es preferible el desgobierno a que gobierne el otro.

Afortunadamente vivimos en tiempos en parte tranquilos a pesar de la profunda crisis que nos lleva golpeando ya más de seis años, sin perspectivas de solución alguna. La población ha alcanzado un nivel aceptable de educación, muy superior al que ha habido en cualquier época anterior, y las estructuras e instituciones del Estado son sólidas, por lo que siguen funcionando incluso con un gobierno en funciones y unas cortes disueltas. Es más, de seguir así un poco más, igual alguien apunta la idea de ahorrarnos los gastos considerables que supone tener dos cámaras. Los políticos profesionales pasarían así de ser objetos del menosprecio popular (muy mal valorados en general) a ser simplemente trabajadores poco funcionales y obsoletos a los que hace falta aplicar un ERE.

Son tiempos en los que, además, la gente no está por la violencia; es más, la violencia, al menos al nivel del discurso teórico, está completamente anatematizada. De la violencia de baja intensidad (descalificaciones, desplantes, insultos…) tenemos muchas muestras, quizá demasiadas, pero no vivimos en la época en la que Carl Schmitt reflexionó sobre el carácter conflictivo de la política. En aquella época, y en este país, la confrontación era realmente dura a nivel verbal, como bien explica un espléndido libro que, con el título Palabras como puños, narra la situación política durante la II República. Pero el enfrentamiento era total y el horizonte del uso de la violencia, incluida la guerra, era una amenaza real percibida y luego cumplida. Hoy día existen algunos nubarrones preocupantes, como el crecimiento de la xenofobia, de los nacionalismos excluyentes y de políticas que no sólo excluyen a sectores importantes de la población, sino que a algunos los están realmente expulsando; pero esos nubarrones todavía están bajo cierto control.

¿Existe alguna posibilidad de superar esta situación de confrontación política que excluye, o hace imposible, llegar a acuerdos? La respuesta debiera ser positiva en el marco de lo que se entiende por democracia, caracterizada precisamente por la discusión libre y abierta acerca de los problemas de la polis y de las posibles medidas. En general, la democracia pretende construir un marco de convivencia en el que se generen las condiciones para facilitar esa controversia constructiva de la que habla Johnson. Desde luego hubiera sido posible un acuerdo si, como ocurrió en el periodo de la transición o restauración democrática, el objeto del debate se hubiera centrado en abordar algunos problemas fundamentales, al menos para la población, como son los de la crisis económica o la corrupción, junto con los del marco político general para España. En el peor de los casos se hubiera logrado un gobierno de corta duración, dos años, quizá tres, para centrarse en esos temas y volver a convocar elecciones con posterioridad.

Como ya he dicho antes, no se centraron en eso sino más bien en la conquista del poder para poder imponer al resto de la población su propia concepción de los problemas y su manera específica de resolverlos. Una primera lectura puede fomentar algo profundamente arraigado en nuestro país, con resabios procedentes de los 40 años de dictadura: los políticos profesionales son mala gente, solo obsesionada por sus propios privilegios y por aprovechar con el mayor beneficio personal posible su paso por la vida política. Cierto es que la experiencia previa ha puesto de manifiesto que esa crítica acerada de la clase política tiene un fundamento en la realidad: corrupción casi sistémica que permite a un juez etiquetar a un partido como banda criminal, es decir, como una asociación organizada y estructurada para cometer delitos.

No sería, sin embargo, justo quedarnos en esa descalificación global. Estamos atravesando un momento de crisis profunda y todo indica que no es época de controversias constructivas en las que todos pueden salir ganando. Por acumulación de errores, pero también por la propia dificultad de los problemas que tenemos que afrontar, estamos en momentos de confrontación dura en la que unos ganan intencionadamente y otros pierden derrotados por los vencedores. Es más, eso es lo que está ocurriendo: cuando el gobierno en funciones insiste en que estamos saliendo de la crisis, olvida que son unos pocos los que efectivamente están saliendo, con una mejora sustancial de sus condiciones en el reparto de la riqueza, mientras que un número muy superior de personas están saliendo como auténticos perdedores, excluidos y expulsados, viendo cómo se disuelven las conquistas del Estado del Bienestar.

Son tiempos recios, en los que son necesarias personas dedicadas a la política con altura de miras y una ciudadanía más solidaria y más comprometida con la transformación social. Los primeros siguen atrapados en el cortoplacismo y en la lucha por el poder; los segundos, más bien víctimas de la situación que agentes de la misma, viven agobiados por el miedo de perder lo poco que tienen y sienten la tentación de cerrar filas para protegerse, aunque eso suponga excluir a otros perdiendo así la capacidad de apoyo mutuo sin la cual no hay ninguna posibilidad de solución no traumática.

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