Tras el 20D: por una alternativa anticapitalista y libertaria

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Rubén Morvolution

Y por fin llegó el 21 de diciembre. Tengo la sensación de estar ante un nuevo 1 de enero de 2000 ¿os acordáis? El efecto 2000 iba a descontrolar todos los sistemas informáticos y el caos en la red reinaría en el mundo… pues nada de eso. El efecto Podemos no dió la talla y Ciudadanos demostró ser un recambio poco utilizado para un neoliberalismo social bastante acomodado en el voto PPSOE. Aún así, el largo ciclo electoral aún por cerrar, nos deja varias tendencias interesantes y lecciones por aprender.

Desde que las clases medias entraron en crisis en el Estado español, han sido varios sus dispositivos de expresión. Utilizaron el PSOE hasta desquiciarse y a día de hoy sigue arrastrando un voto considerable en barrios populares, entre esa generación que se forjó en el tardofranquismo y conquistó cierto estado de bienestar. El #15M expresó la ruptura generacional entre las capas medias. Lxs jóvenes universitarixs y urbanitas, como consecuencia de la crisis financiera, no tenían todas consigo y veían como el estado de bienestar de sus madres y padres se les escapaba entre los dedos. Tras las movilizaciones en las que confluyeron con sectores de proletariado de servicios (mayormente en la PAH) no tardaron en reiniciar una salida electoral al conflicto. Se trataba pues de (post)modernizar la vieja socialdemocracia tornada en social-liberal. Hipótesis municipalistas y asaltos institucionales fueron paridos entre las vanguardias intelectuales y, como suele ocurrir con los inventos de laboratorio, un híbrido inesperado en la periferia histórica de España más activa cuajó: En Comú Podem.

Catalunya, desde su industrialización y quizás antes, ha condicionado los avatares del Reino de España. Cuna de la vieja clase obrera y los nacionalismo periféricos, terreno abonado para la innovación política y la bipolaridad. Si el #27S la dicotomía fue entre España/Catalunya, en este último encuentro electoral el eje giró entorno izquierda/derecha, ambos íntimamente relacionados e indivisibles, algo que ni las CUP ni En Comú Podem tienen que olvidar. Parece que la fórmula secreta de la Coca-Cola es la siguiente: unidad de la izquierda reformista, socialdemócrata y autodeterminista en torno a una figura mediática y maternal, Ada Colau.

Si hay unos derrotados en el campo de este neorepublicanismo populista son dos: IU-UP (PCE) y la “Fracción” Errejón/Bescansa/Iglesias. Curiosamente ambas con un pasado reciente y no autocriticado en el eurocomunismo y nacional populismo. Empecemos por los líderes de Podemos.

Ni remontada ni sorpasso. Lejos quedan ya los idílicos días de Vistalegre cuando una masa más ilusionada que consciente aclamaba el asalto institucional. Pues bien, este asalto ha causado muchas bajas entre lxs podemitas que no fueron capaces de construir un proyecto de regeneración socialdemócrata cayendo en el hiperliderazgo de Iglesias y en llamamientos casposos a la patria y la responsabilidad de Estado. Bastante cómico fue ver como los odiados “candados” del 78 se tornaban en “gracias” a la Transición modélica. Tampoco sale nada fortalecida su ala izquierda, los presuntos Anticapitalistas. Tras la implosión de Izquierda Anticapitalista, y la caza de brujas y expulsiones, esta formación se ve reducida a un pequeño grupo de intelectuales que, en mayor o menor medida, ocupan concejalías, escaños en parlamentos burgueses y puestos de asesor sin la mayor relevancia. No han sido capaces de crear un espacio autónomo de desobediencia y son subalternos de la fracción populista. Los datos en Andalucía hablan por si solos. Está por ver si Iglesias y Cia ceden la hegemonía del proyecto a nivel estatal a Colau y su En Comú Podem.

El PCE y su indescifrable sudoku de siglas es fuertemente golpeado por la pérdida de centralidad, objetiva y subjetiva, de la vieja clase obrera industrial, casi desapareciendo del mapa electoral. Únicamente el tirón mediático de su candidato en Madrid, Alberto Garzón, le mantiene vivo aunque en cuidados intensivos. De nada sirve criticar una ley electoral que fue bendecida por el PCE en los Pactos de la Moncloa. Hay que recordar que en España no se elige a un Presidente de la República, la Jefatura de Estado está en posesión de Felipe VI y la dinastía Borbón (también aprobado por el PCE en su momento) y que las elecciones al parlamento estatal son descentralizadas, eligiendo representantes provinciales a éste. Sin una profunda autocrítica este partido está condenado a la marginalidad ideológica o la subalternidad estructural como en el caso de Catalunya.

Después de recorrer las opciones reformistas de la izquierda estatal me gustaría autocriticar las posiciones anticapitalistas y libertarias en el Estado español. Dejo a un lado el caso de Sortu y las CUP ya que estas formaciones merecen un análisis particular.

El anticapitalismo se encuentra en un impasse importante. Tras la escisión de facto de los sectores proletarios y pequeño burgueses de Izquierda Anticapitalista, la izquierda transformadora se encuentra huérfana de un proyecto común a nivel estatal. El colaboracionismo de clase, las contradicciones de la forma partido y el asumir sin proyecto propio por abajo el ala izquierda de la socialdemocracia, enmarca la enésima derrota.

El campo libertario tampoco goza de mayor salud, aunque sí ha experimentado un crecimiento cuantitativo de las personas que se proclaman libertarias, entendiéndolo como gente que valora en muy alta estima su libertad individual, en simbiosis con la justicia social más allá de pertenecer a una organización anarquista o anarcosindicalista concreta. Y es esta tendencia, entre un sector de las capas medias y trabajadorxs, la que hay que explorar para (re)construir comunidades por abajo y en claro antagonismo con el Estado, capitalismo y heteropatriarcado. Sería interesante llegar a acuerdos concretos entre grupos libertarios y anticapitalistas para la constitución de un frente de lucha común a nivel estatal, orientado hacia el proletariado de servicios: clase social que aún no se expresó políticamente de forma independiente y que posee todos los rasgos objetivos para transformarse en sujeto revolucionario. Para ello deberíamos dejar aparcado el electoralismo, por el disenso que crea entre las distintas corrientes de pensamiento y los problemas reales que conlleva. La forma partido tampoco parece la idónea y sería más efectivo retomar estructuras confederales y autónomas que crearan amplios espacios de participación. Las herramientas de intervención tendrían que pasar por el sindicalismo social y metropolitano, el apoyo mutuo y la autogestión como métodos de expresión de las vanguardias organizadas, que en ningún momento fuera obstáculo para la autoorganización de esta nueva clase trabajadora que opera en los servicios y cuidados de la sociedad capitalista actual. De nostrxs depende constituir una alternativa anticapitalista y libertaria al pozo de neoliberalismo social y la vieja/nueva socialdemocracia.

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