Anarquismo(s) siglo XXI: reacción en cadena

Rafael Cid
Rafael Cid

El Vaivén de Rafael Cid

“El más grande, es más, el único delito
contra el Estado, es la anarquía”
(Hegel)

Aunque hay un siglo por medio y toda la aceleración histórica que implica la postmodernidad, entre este primer tercio del XXI y su equivalente en el XX existen significativas coincidencias y notables desafíos en lo referente al despliegue de la acracia social. Además de la fundación de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) en 1910, aquella turbulenta etapa se caracterizó en España por una fuerte incidencia de lo libertario entre los trabajadores, tan amplia, profunda y plural que puede afirmarse que fue en ese tiempo cuando germinó el potencial anarquista que eclosionaría durante la Dictadura de Primo de Rivera, la Segunda República, la Guerra Civil y la subsiguiente Revolución Colectivista.

Una impronta que vuelve ahora recrecida con registros inéditos. El descubrimiento de la democracia directa (o de proximidad) y el antiautoritarismo (el no culto al caudillo) como señas de identidad para amplias capas del 15-M; la persecución del anarquismo militante por el Estado promulgando normas (la “ley Mordaza” se inspira en sus pares de la Restauración y la Dictadura) para criminalizarlo y el activismo organizativo e intelectual del mundo libertario, precipitan una reacción en cadena que enmarcan una nueva edad de oro de la Idea. Todo ello cuando ideologías coetáneas en sus inicios, como el comunismo y la socialdemocracia, han ido rindiendo posiciones desahuciadas por la historia por falaces, perniciosas o incapaces.

No nos referimos solamente a la existencia de la vasta polifonía anarcosindicalista, en sus variadas denominaciones y acepciones, con creciente implantación en el traumatizado mundo laboral, mientras las centrales que nacieron como correa de transmisión de PSOE y PCE (IU) siguen el mismo declive fatal que sus espurios y corruptos patrocinadores. Tampoco a la pléyade de ateneos, grupos de afinidad, centros sociales, experiencia autogestionarias y colectivos alternativos que con su activismo radical vivifican espléndidos espacios de autonomía y solidaridad. Ni siquiera a ese chupinazo editorial que desde hace más de una década semilla los surcos del pensamiento libertario y de la memoria anarquista, enriqueciendo con sus reflexiones, análisis y aportaciones dinámicas emancipatorias en territorios del patriarcado, el feminismo, la ecología, el antimilitarismo o la desmercantilización, como núcleos estratégicos de afirmación insurgente más allá del anticapitalismo fundante (de las veteranas Libre Pensamiento y Estudios, entre otras vinculadas al binomio confederal CNT-CGT, hasta Cul de Sac. Argelaga, Hincapié o Erosión, ya en campo abierto).

Quizás lo más relevante de ese vendaval ácrata (que alcanza en su territorio más apache a registros tan singulares como los que representan Miguel Amorós, Pedro García Olivo o Juamma Agulles, perspicaces críticos de los críticos), sea la constelación de voces comprometidas con una perspectiva anarquista ceñida a las realidades emergentes, que rompen con un contumaz secarral de lustros. Autores y propuestas críticas y rabiosamente independientes, ante el sedentarismo anarquista del canon, que al confluir en sus fértiles discrepancias iluminan carencias presentes y urgencias futuras solapadas. Ni que decir tiene que esta vitalidad no es casual y que en gran medida se debe a existir una convicción común sobre el hecho de que la crisis ha desencadenado una oportunidad histórica para la apuesta directa frente al régimen y el sistema. Pero también, no nos engañemos, porque existe la certeza de una cierta obsolescencia en el anarquismo vernáculo que a veces le impide interrogar con consecuencias a una sociedad fluyente como la de hoy, donde la centralidad de la plusvalía está pasando de la producción al consumo, con sus repercusiones en las tramas de la explotación, la dominación y alienación.

De la saga que incita a una reflexión sobre el anarquismo en los tiempos que corren, el más madrugador fue José María Olaizola, quien en 2012 y 2013 publicó, en dos entregas, una extensa elucidación bajo el enunciado “La necesidad de organizarse de los anarquistas” (http://www.alasbarricadas.org/noticias/node/20807)(http://www.alasbarricadas.org/noticias/node/23529). Ambas convocatorias de Olaizola vienen además avaladas por el hecho de haber sido su autor secretario general de la Confederación General del Trabajo (CGT) en tiempos de repunte social y laboral de la central que junto con CNT identifica a la corriente libertaria en el mundo del trabajo, lo que le da una perspectiva valiosa por la experiencia que arrastra en el conocimiento desde el epicentro de las prácticas anarcosindicalistas.

En las hasta ahora dos entregas dadas por Olaizola a conocer a través de Radio Klara, emisora y web, y otros portales digitales, parece deducirse una motivación por relanzar la cuota anarquista en el seno de la CGT, posiblemente estimando que el crecimiento en la afiliación y las contrapartidas que inevitablemente conlleva concurrir por táctica a las acotadas elecciones sindicales (una “blasfemia” en el universo ácrata justificada por pragmatismo) puede diluir y postergar en exceso los principios anarquistas. De ser así, su criterio entraría a formar parte de ese análisis pendular que cíclicamente ha existido entorno al compuesto anarco-sindicalismo. Un híbrido de difícil alquimia cuyo primer o segundo dominante se han posicionado alternativamente según las contingencias de la “cuestión social” desde que en 1910 la fundación de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) vino a salvar al anarquismo del abismo solipsista al que le habían metido ciertas disidencias del “estrabismo terrorista”.

La tesis del antiguo secretario general de la CGT, proponiendo una reorganización anarquista al margen (pero no en su contra) de las actuales centrales libertarias parte de reconocer la desubicación de aquellas respecto al nuevo activismo percutiente. El texto, de acento marcadamente personalista, sostiene la necesidad (re)organizativa como herramienta para la consecución de un movimiento libertario de amplio espectro, tanto ideológico como espacial. Ese futuro deseable y predecible, desde la óptica de Olaizola, se construye sobre todo sobre una revisión del pasado reciente, exento de nostalgia y ajustes de cuentas, pero con la vista puesta en el espejo retrovisor para escarmentar en las frustraciones pasadas. Lo suyo, si pudiera resumirse en pocas palabras, es una llamada al compromiso, a la coherencia entre teoría y vida, y una invitación a superar la fragmentación libertaria en orden a acumular fuerzas suficientes para condicionar el cambio de rumbo.

Carlos Taibo, el segundo en liza, coincide con José María Olaizola en hablar del “anarquismo ibérico” como unidad de acción y pensamiento, pero su enfoque es distinto porque apenas utiliza el legado orgánico como argumentario a superar. Por el contrario formula sus cábalas con proyección futura, dando a entender que muchas recetas históricas están periclitadas. Propone el profesor y agitador libertario algo así como un relevo generacional también en el terreno de las ideas, sin olvidar por ello la perspectiva de la Idea. Aboga Taibo por el largoplacismo desde la realidad diaria de las luchas. Resuena en su discurso aquella expresión de Proudhon “la idea surge de la acción y debe volver a la acción” con una evocación de la ejemplaridad individual y colectiva como verdadera “propaganda por el hecho”. Sendos libros, publicados en plena efervescencia del 15-M y su orgullosa movilización horizontalista, constituyen el núcleo de sus aportaciones, al que a finales de 2014, en el reflujo del espasmo de los indignados ha añadió a modo de manifiesto un artículo de parecido enunciado a los de Olaizola:”Por una nueva organización libertaria y global” (http://www.carlostaibo.com/articulos/texto/?id=316). Aunque hilando fino, donde este último echaba en falta que los anarquistas extraorgánicos se federaran, el activista que leyó el manifiesto del 15-M en la Puerta del Sol en 2011 parece señalar la conveniencia de constituir una nueva plataforma autárquica respecto de las organizaciones existentes.

Este caudal de fértil “dinamita cerebral”, al que habría que añadir la muy importante aportación del último libro del siempre lúcido Tomás Ibañéz, “Anarquismo es movimiento”, ha tenido su emulsión constituyente en la formulación de un reagrupación de voluntades libres en espacios autónomas hecho por Procés Émbat (https://procesembat.wordpress.com/) y Construyendo un Pueblo Fuerte (https://construyendopueblofuerte.wordpress.com/), que tienen la virtud de autodefinirse en un umbral de fin de ciclo político e histórico decisivo que, de obtener respuesta libertaria, puede terminar por devastar el paradigma humanista. Reacción en cadena imperativa, por otra parte ya contemplaba por nuestro Prodhon más dialéctico al enunciar que “la idea surge de la acción y debe volverá a la acción”.

(Nota. Este artículo ha sido publicado en el número de mayo 2015 de Rojo y Negro)

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