Por una nueva organización libertaria

Nuevo desorden. Carlos Taibo

Carlos Taibo
Carlos Taibo

Creo que en un momento como el presente –y no hago otra cosa que enunciar opiniones propias- son muchas las personas que echan de menos la existencia de una organización libertaria que, horizontal y transversal, permita reducir muchas de las tensiones heredadas del pasado y abra el camino a una intervención más sólida en la realidad. La urgencia de perfilar esa organización –sus cimientos parecen ya sentados- nace, antes que nada, de los cambios operados en el escenario político-social más próximo, concretados en una creciente represión, en una inquietante desmovilización y en el hechizo que partidos, parlamentos e instituciones parecen ejercer sobre gentes que hasta hace bien poco se suponía estaban en otras posiciones. Pero surge al tiempo de los deberes que se derivan de la conciencia de lo que significan la corrosión terminal del capitalismo y el colapso que se avecina.

De por medio se revelan también, claro, los efectos de la burbuja en la que muchas gentes hemos vivido en los últimos años, producto de la creencia –hoy sabemos que injustificada- de que en mayo de 2011 se había iniciado un cambio de ciclo. En virtud de ese cambio, separaciones, jerarquías y partidos estaban llamados a entrar en irremediable crisis mientras ganaba terreno, por el contrario, una apuesta general en provecho de la autogestión y la autonomía. Hoy sabemos que aunque algo de eso germinó al calor, ante todo, del 15-M, la intensidad del proceso fue mucho menor de lo que anunciaban nuestros deseos.

Aunque muchas compañeras sugieren, con criterio respetable, que hay que encarar de manera pausada y cautelosa la gestación de una nueva organización, otras piensan, con argumentos nada despreciables, que habida cuenta del escenario se imponen, antes bien, las urgencias. No parece, con todo, que haya mayores divergencias en lo que se refiere a los principios articuladores de esa organización: la autogestión, la democracia y la acción directas, el rechazo de las jerarquías y de los personalismos, y, en suma, el apoyo mutuo (buen nombre, por cierto, este último, para una organización futura). Esos principios atienden al propósito principal de contestar lo que significan la seudodemocracia liberal, el Estado -en su dimensión represora y en la que se refleja de la mano de una apariencia protectora- y el capitalismo. Y responden a la certeza de que, en un escenario marcado por un resurgir de la lucha de clases, hay que colocar en primer plano, también, a los integrantes de las generaciones venideras y a los de las demás especies que nos acompañan en la Tierra, a las mujeres y a muchos de los habitantes de los países del Sur, en un proyecto indeleblemente marcado por la contestación del desarrollismo, de la sociedad patriarcal y del militarismo.

A mi entender, en ese proyecto deben desempeñar un papel principal las gentes que, sin mayor adscripción ideológica, han demostrado en la vida cotidiana su compromiso con la autoorganización, la autogestión y la autonomía. No se trata, en modo alguno, de marginar a quienes, de suyo, se autodescriben como anarquistas o, de forma más general, como libertarios: se trata de sumar a sus aportaciones las que llegan de esas otras gentes, y de perfilar una organización abierta en la que, lejos de dogmatismos y sectarismos, tenga más peso la coherencia de las prácticas que el rigor de las adhesiones doctrinales. La organización en cuestión sólo tendrá, por lo demás, un enemigo: el sistema que padecemos en sus muy diversas manifestaciones. A su amparo nadie le pedirá a ninguna fuerza anarcosindicalista, a ningún ateneo libertario, a ningún grupo de afinidad, a ningún centro autogestionado o a ningún movimiento social que se disuelva o que dé un paso atrás. Lo suyo es que, antes bien, la organización naciente suponga un impulso para instancias como las mencionadas.

Parece, por añadidura, que una de las tareas principales de esa organización consistirá en defender y ampliar los espacios de autonomía autogestionados, desmercantilizados y, ojalá, despatriarcalizados que han visto la luz en los últimos años, en demostración palmaria de lo que significa eso que nuestras antecesoras llamaban, un siglo atrás, “propaganda por el hecho”. En el buen entendido, claro, de que semejante apuesta deberá completarse con un esfuerzo encaminado a coordinar entre sí esos espacios y a estimular su dimensión de confrontación con el sistema.

Esa nueva organización no puede tener otro carácter que el confederal. Es inimaginable que a su amparo cobren cuerpo estructuras directoras de cariz impositivo, como es inimaginable que sirva de asiento a liberados y profesionales de la política. Lo suyo es que muestre, también, una vocación internacionalista y que, de resultas, se deshaga, también en este terreno, del imaginario de los Estados. Un primer paso al respecto, en línea con los muy livianos que se dieron antes de 1936, bien podría consistir en otorgar a esa organización un carácter ibérico, con incorporación al proyecto de los grupos portugueses que lo deseen.

La organización que me ocupa habrá de tener, en fin, una dimensión simbólica importante: la de recordar que estamos aquí y no somos una escueta minoría. Pero habrá de trabajar, al tiempo, en el apuntalamiento de una alternativa que esté dispuesta cuando, los próximos años, se desvanezcan –con certeza es lo que va a ocurrir- muchas ilusiones. No rehuyamos nuestros deberes al respecto.

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