Ucrania, el espacio vital

Abel Ortiz

Putin es un sátrapa. En Ucrania tienen razones de todos los colores, incluido el naranja, para estar mucho más que hartos de los rusos. Podemos enumerar cuitas históricas sangrientas a dolor. Podemos definir el régimen ruso actual, sin forzar la terminología, como una oligarquía mafiosa. Podemos, y seguramente debemos, señalar que en las protestas de la plaza de Kiev había una heterogeneidad visible, gente de, más o menos, toda condición.

Ahora bien.

La caída del gobierno supone una alteración del equilibrio internacional que nos pone ante un escenario terrorífico. Crimea es casus belli. No es por acudir al melodrama pero, en mi minúscula opinión, estamos asistiendo al comienzo de un conflicto mucho más grave de lo que hemos visto hasta ahora.

Occidente ha salido de sus crisis repetidamente acudiendo a la guerra. Y en la plaza Maidán lo que hemos visto son banderas de guerra. La población no es tonta, claro que no. Pero tampoco es libre. Y cuando no eres libre tus opciones disminuyen mucho. ¿Cuáles son las opciones? ¿Existe la posibilidad de una revolución emancipadora, libertaria, que a través de la autogestión pueda colocar a Ucrania en una posición independiente de las potencias? ¿El pueblo organizado podrá, tras la caída del gobierno, acceder a mejoras sustanciales?
Creo que no. Que la hegemonía nacional popular que se ha creado tiene tintes claros, lógicos también, es decir históricamente explicables, pero manifiestos, de fascismo.

El fascismo, como se ha repetido hasta la náusea, es el arma de guerra del capitalismo. Tenemos capitalismo en Washington, en Moscú, en Berlín y en Kiev. Luego todos utilizan a los fascistas en sus conflictos. Fascistas a ambos lados de las barricadas; esa es la elección posible del pueblo, no tienen otra. Las divisiones étnicas y de lengua que se señalan, y que han estado siempre ahí, aunque se presenten como novedad, recuerdan más que peligrosamente a Yugoslavia. Partir Ucrania, como se partió Polonia, entre rusos y alemanes, solo puede ser el germen de una catástrofe.

La OTAN existe, el pacto de Varsovia no, para quien se haya olvidado. Ya no existen los bloques políticos. Vuelven los imperios con intereses desnudos. Putin defiende lo que defendió el zar, Lenin, Stalin, Gorbachov y tantos otros, los intereses rusos. Los occidentales defienden lo mismo, lo que defendía el Káiser, la monarquía inglesa, Hitler, la OTAN y Merkel, sus intereses.

Los nazis, los de la marca registrada, los de Hitler, lo llamaban espacio vital.

El papel de la población es el de héroe es su significado más antiguo, el de protagonista de la tragedia. Sobre Ucrania van a jugar a los dados los matones internacionales. Ucrania pondrá los muertos, las ilusiones, las luchas. Como hace Egipto o Siria. Otros, expertos, recogerán los beneficios.

En este rincón de Europa tenemos nuestra propia revolución por hacer. ¿Somos tontos? No, no somos tontos. Sabemos distinguir. Y si en este país, miembro de la OTAN y alumno de la troika, saliéramos a la calle a la ucraniana en la prensa internacional no iban a hablar de luchadores por la libertad. La democracia a la que aspiran, la que les venden envuelta en créditos, en Ucrania, es esto que tenemos aquí. Y si aquí alguien pretendiera dar un paso fuera de las leyes del mercado o hablar de las bases estadounidenses estaría de inmediato condenado, en el mejor de los casos, al ostracismo.

Siempre es sano que caigan los regímenes. Pero antes de brindar yo me aseguraría de que no fuera peor el remedio que la enfermedad.

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