El programa de la Tuerka

Abel Ortiz

Si cuando se reúnen los pastores hay ovejas muertas, habría que pensar en quien debería temer por su cuello cuando la reunión es de politólogos. Parece lógico presuponer que los estudiantes y profesores de ciencias políticas están más interesados en la política que en la televisión. Es difícil, por otra parte, ignorar el planteamiento sobre comunicación y medios que Pablo Iglesias y Juan Carlos Monedero explican en charlas y libros. La televisión no es un fin, es un medio. Casi nunca mejor dicho.

En realidad, como ellos cuentan, todo viene de Gramsci. Se trata de la hegemonía. Esta se constituye, según se teoriza en el partido comunista italiano de la inmediata posguerra, con Togliati como secretario general, agregando demandas sociales, es decir, sumando a una clase obrera que por sí sola no podía ir más allá del norte industrial, todas esas otras luchas parciales, derechos y libertades, asumibles por el partido.

La hegemonía de hoy se pretende construir apelando al populismo. El populismo, como explican Laclau y otros teóricos socialistas, no es bueno ni malo, no es de derechas ni de izquierdas. Es una llamada a los de abajo que puede venir del primer Perón, cuando levanta un monumento a los descamisados en Buenos Aires, de Marine Le Pen, que recoge gran parte del voto antisistema excomunista, de Chávez o de Sarkozy.

Lo popular, lo nacional y el líder son las tres patas de las hegemonías que se han formado en Latinoamérica en los últimos años: Venezuela, Ecuador, Bolivia. Brasil, Uruguay y Argentina en una medida algo menor.
No es casual que Monedero, Errejón y Pablo Iglesias conozcan, de primera mano, la Venezuela bolivariana. Ahí se ha construido una hegemonía. Tenían un líder populista, un discurso nacional engranado en la patria grande y un pueblo. Por eso repite Pablo Iglesias constantemente la palabra patriota. Por eso intentan pelear en el lenguaje con los dueños de lo nacional.

Es evidente que en Europa el populismo tiene un claro matiz peyorativo que desaparece al cruzar el charco. En la Bolivia de Evo Morales, por ejemplo, se construye un estado plurinacional. Aquí lo llaman populismo para connotarlo negativamente. La traducción dice que las grandes energéticas pagaban trescientos millones de dólares por el gas que extraían en Bolivia antes del gobierno del MAS y ahora pagan cinco mil millones.

Trasladar ese modelo a nuestro país parece el objetivo de los politólogos; la vanguardia. La demanda agregada sería cosa de la PAH, el SAT y otros movimientos sociales, quincemayistas o no, y está por ver el liderazgo. Ada Colau, Cañamero, Pablo Iglesias….

La operación parece viable. Syriza podría ser un modelo. Hay cabos sueltos.

Lo popular y lo nacional se construyen desde la historia. La historia de este país tiene dos traumas por resolver. La guerra civil y la guerra dentro de la guerra en el bando republicano. Existe el subconsciente, lo reprimido, que suele acabar por aflorar.

En la transición hubo un pacto. Había que negar a los republicanos, cuyos partidos no pudieron presentarse a las elecciones, y ocultar que el sindicalismo histórico de este país era, en gran medida, anarquista. Esa negación pudo ser útil para muchos pero amputaba la realidad.

O todo el poder para los soviets o todo el poder para el partido. Esa era la cuestión en la revolución soviética y en la libertaria del 36. Y lo sigue siendo.

Dice a menudo Monedero, con un tic que contradice el énfasis estratégico en lo nacional, que la Europa antifascista hizo novecento mientras aquí hacíamos la vaquilla. Me parece que Europa no homenajeaba antifascistas sino vencedores. Me parece que la desnazificación fue una parodia que permitió a antiguos nazis como Waldheim ser presidente de Austria o a Papón ser prefecto de París, entre miles de casos más. Me parece también que es un desatino comparar una epopeya con una comedia. Me parece además que no se debe confundir los bloques históricos en conflicto con quienes ocupan las trincheras. Y me parece que no existe una película que explique la sordidez del franquismo, la banalidad del fascismo en general, con tanta lucidez como El verdugo. Emma Penella que interpreta a la hija de Pepe Isbert, el verdugo, era hija en la vida real del sujeto que fue personalmente a casa de los Rosales en Granada a detener, y luego ejecutar, a Lorca.

Novecento es una gran película de buenos, buenos y malos, malos, hija del determinismo histórico que había de llevarnos a la lucha final. El mismo determinismo histórico que realquilan aquellos que combaten a Marx haciéndolo desembocar obligatoriamente en Stalin. Lo que pasó pudo suceder de otra manera. La física contemporánea de Marx era newtoniana. Después vendría Einstein a relativizar y Monod a introducir el azar. El mecanicismo empezaba a chirriar.

Los procesos latinoamericanos son emancipatorios. Mucho o poco es cuestión de opiniones. Si lo que intentan los politólogos llenos de matrículas de honor y sobresalientes es emancipar adelante. Nosotros, los del fracaso escolar, estamos por esa labor. Si lo que quieren es que hagamos de “masa” amorfa es que no han entendido algo…….

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