El naufragio del sueño valenciano

Juan Nadie. Agencia Tigris

Hubo un tiempo en el que muchos valencianos creyeron en el sueño de una ciudad puntera a la cabeza de una región llamada a convertirse en un referente. En la actualidad ese sueño ha terminado naufragando en un océano de corrupción, despilfarro y delirios de grandeza.

Durante el verano de 2007 la ciudad de Valencia parecía el ombligo del mundo. Todo era fiesta, alegría, grandes sueños de ambición que se hacían realidad, lujo y gente guapa. Los valencianos podíamos abandonar al fin nuestros complejos provincianos de inferioridad y presentarnos al mundo con orgullo, mostrando una floreciente metrópolis en expansión capacitada para organizar los más grandes eventos. La edición número 32 de la America´s Cup, la más prestigiosa competición de vela y uno de los acontecimientos deportivos más relevantes del planeta, se celebraba en nuestras aguas y esto solo iba a ser el principio. Después vendría el circuito urbano de Fórmula 1, con toda la emoción y el glamour que un evento así puede atraer hacia toda ciudad que lo acoja. Ambos espectáculos deportivos se sumaban así a la flamante y reformada imagen que Valencia ofrecía a los visitantes y cuya nave insignia no era otra que la costosa y deslumbrante Ciudad de las Artes y de las Ciencias (CAC) que, entre otras cosas, cuenta con un imponente palacio de la ópera de original diseño y con el acuario más grande de Europa (todo ello, cómo no, obra del arquitecto valenciano más internacional, Santiago Calatrava). Más tarde llegarían otros ambiciosos proyectos, como el gran parque zoológico conocido como el Biopark o el Edificio Ágora, destinado para la celebración de campeonatos de tenis y ubicado también en el entorno de la CAC. Sin duda íbamos a ser la envidia del resto de España (y sobre todo de los catalanes), los turistas acudirían a millones dejando cantidades inmensas de dinero (porque atraeríamos a otra clase de turismo de lujo muy distinto al cutre de sol, playa y borrachera barata propio de plazas como Benidorm), las inversiones extranjeras fluirían hacia la Comunitat como ríos de caudal inagotable, habría trabajo para elegir y todos ataríamos los perros con longanizas. Era el punto álgido del desenfreno inmobiliario del que Valencia ha sido uno de los máximos exponentes, el fin del fiestón se encontraba próximo y precisamente por eso la sensación de euforia era más grande que nunca. No resultaba extraño oír a más de uno decir cosas como: ¡Ché, pero si esto ya se parece a Montecarlo!.

Seis años después de todo aquello las sensaciones que se experimentan en la ciudad del Turia son muy distintas, desde luego nada parecido a Montecarlo. Podría extenderme a lo largo de innumerables líneas profundizando en los numerosos desmanes perpetrados por la clase política y empresarial valenciana, así como por quienes desde fuera les apoyaron. Podría hablar de los casos Gürtel, Nóos o del más local de Emarsa, que de una u otra manera involucra a la sempiterna alcaldesa de Valencia Rita Barberá (1), así como de Francisco Camps y sus trajes. Podría explayarme también hablando acerca de la política de grandes eventos y proyectos que solo ha servido para endeudar a las administraciones municipal y autonómica hasta límites insostenibles, empezando por el parque de atracciones Terra Mítica (empeño del astutamente desaparecido ex presidente Eduardo Zaplana), pasando por el descomunal despropósito del aeropuerto sin aviones de Castellón (obra esta vez de Carlos Fabra, otro sujeto que no tiene desperdicio) y terminando con el flamante circuito urbano de Fórmula 1 de Valencia (2). Decepción tras decepción, fracaso tras fracaso, la gran fachada de lujo y esplendor se ha ido derrumbando dejando tras de sí un despilfarro que a día de hoy no está claramente cuantificado, resulta difícil saber cuánto dinero de todos los valencianos se ha ido por los desagües generados por esta política patrocinada durante años por los dirigentes del Partido Popular y sus acólitos. Podría hablar largo y tendido de todas las corruptelas, sí, como también podría hablar del colapso del sistema financiero de la Comunitat. De como los gestores de la CAM llevaron a esta caja a la ruina y terminó siendo absorbida por el Banco de Sabadell, de como la locura del ladrillo y la mala gestión se llevaron por delante también al Banco de Valencia, que ahora ha pasado a formar parte de La Caixa (3). Y mejor de lo de Bankia ni hablamos. Hay tanto que contar en relación a todo este asunto que daría para toda una colección de artículos.

Valencia en la cresta de la ola. Fórmula 1, glamour,  champán y pivones en biquini.
Valencia en la cresta de la ola. Fórmula 1, glamour, champán y pivones en biquini.

A la hora de buscar culpables resulta sencillo a día de hoy responsabilizar de la situación a toda esta corte de mangantes y sinvergüenzas que nos han estado gobernando, pero las ansias de enriquecimiento ilícito no eran lo único que los movía. Qué duda cabe que también existían delirios de grandeza y afán de protagonismo, ese deseo por otra parte tan valenciano de fanfarronear y presumir de lo que se tiene, de aparentar y sacar pecho al fin y al cabo. Esto es algo que se contagió muy fácilmente a toda la sociedad en su conjunto porque forma parte de nuestro carácter, el siempre mordaz Xavi Castillo lo resume muy bien con la frase: ¡Ché, això ho pague jo! (¡Ché, esto lo pago yo! Como se puede comprobar en toda frase tópica valenciana que se precie no puede faltar un “Ché” de por medio). Se puede ser un muerto de hambre pero lo importante es dar la imagen de que te vas a comer el mundo y, a fuerza de derrochar el erario público para guardar las apariencias y mostrar que éramos la hostia elevada a la enésima potencia, dejamos hacer a los políticos porque muchos ciudadanos se contagiaron de las mismas sensaciones y ganas de presumir ¡Qué bonita está quedando Valencia, qué comunidad tenemos, lo mejor del mundo! No es un error decir que la gente tiene los dirigentes que se merece.

Pero hay algo más que ha contribuido al desmoronamiento del sueño valenciano, yo lo llamo “el complejo del quiero y no puedo”. Y es que por mucho que pretendamos aparentar no podemos evitar seguir siendo tan cutres como siempre. Hay cosas que hacemos muy bien, eso está claro, pero para otras muchas no estábamos lo suficientemente preparados. Esto lo resume a la perfección una anécdota en relación con la Fórmula 1 que un día me contó una mujer, con la que tuve oportunidad de hablar hace tiempo pero de cuyo nombre ya no me acuerdo. Dicha mujer, por otra parte bastante prepotente y estirada, tenía una empresa de servicios de catering de alto standing, a saber, exclusivos para gente adinerada y, claro está, la llegada del gran premio de Fórmula 1 a Valencia suponía una oportunidad que no se podía desaprovechar. La idea original era que los pastosos que llegaban al puerto con sus superyates pudieran disfrutar de langosta, caviar, ostras, champán y quizá también paella (pues a lo mejor les apetecía probar la gastronomía local) mientras presenciaban la carrera desde su posición privilegiada. Un servicio desde luego muy acorde con esa nueva imagen que Valencia quería dar al mundo, pero claro, algo no encajaba. Ante tal acontecimiento la ciudad se hallaba en buena medida colapsada, especialmente en la zona próxima al circuito urbano, por lo que acceder a ésta en los momentos previos a que Fernando Alonso y compañía comenzasen a quemar rueda sobre el asfalto se convirtió en una empresa prácticamente imposible. Sencillamente las infraestructuras de la ciudad no estaban pensadas para permitir una circulación fluida de personas, vehículos y mercancías mientras tenía lugar un evento de tal magnitud. El resultado, muchos pastosos se quedaron en sus yates sin otras, caviar, ni champán (a lo mejor tampoco sin paella) porque el servicio de catering no pudo acceder donde se encontraban. Aquello no les debió de gustar en absoluto, ya sabemos que esta clase de gente está acostumbrada a recibir un trato exquisito, por lo que, según la mujer que comentó la anécdota, la imagen que se llevaron de Valencia fue pésima y no volvieron a la siguiente edición del campeonato con el consiguiente descenso en el nivel de ingresos para la economía municipal. Esto es lo que mi madre llama “cagar por medio culo”, que viene a ser lo mismo que querer abarcar mucho más de lo que se puede. Al no cumplir con las expectativas se termina quedando mal y, si a la mala organización le sumamos todo lo demás (corrupción, gestión inapropiada, despilfarro, etc.), ya tenemos la fórmula del fracaso. Ahora es fácil decir que se veía venir, pero en su momento no eran pocos los que defendían la celebración del campeonato de Fórmula 1 como una forma de “relanzar la imagen de Valencia, atraer turismo e inversiones y crear puestos de trabajo”.

¿Qué nos queda después de la resaca de los grandes eventos y la burbuja inmobiliaria? Pues una tasa de paro que roza el 30% (4), superior a la media estatal, una autonomía que ha tenido que pasar por un rescate financiero (5), la supervivencia de los servicios públicos claramente comprometida, los farmacéuticos en pie de guerra a causa de los reiterados impagos de la administración (6) y, entre este sin fin de noticias nefastas, el vergonzoso olvido al que se han visto sometidas las familias de las víctimas del accidente de metro en Valencia del 3 de julio de 2006, cuando la ciudad se engalanaba para otro de esos grandes acontecimientos de los que pensaba presumir, la visita de Ratzinger. La conclusión es que al final los valencianos solo podremos sacar pecho con lo de siempre, el benigno clima de la región (algo en lo que los políticos no pueden influir demasiado), las fallas, la huerta, nuestras naranjas y nuestros arroces y la fama de juerguistas que se nos ha quedado desde los tiempos cada vez más lejanos de la ruta del bakalao. Todo lo demás no fue más que un sueño que se escurrió entre las manos.

Juan Nadie

(1) ¿Qué sabía Rita Barberá del caso Emarsa?
(2) Valencia renuncia a la Fórmula 1.
(3) CaixaBank culmina la fusión de Banco de Valencia.
(4) La tasa del paro valenciano roza el 30% tras destruirse doce empleos cada hora.
(5) La Comunitat Valenciana pide el rescate.
(6) La Comunidad Valenciana debe 450 millones de euros a 2.200 farmacias de la región.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies