No future

La Veranda de Rafa Rius

No hay futuro. El viejo lema punkie de la segunda mitad de los años setenta, (parece que fue ayer cuando escuchábamos a los Sex Pistols) rebrota con fuerza y nuevos matices en el trasfondo de las últimas revueltas estudiantiles en Valencia.

Más allá de la rabia y la impotencia que producen hechos tan indignos como que unos robocops descerebrados de más de 90 kilos –más que probablemente cargados de estimulantes- enviados por la Sra. (¿?) Delegada del Gobierno, masacren a porrazos y patadas a niños y adolescentes de Instituto que de manera pacífica protestan por la insostenible situación educativa en el Pais Valencià, la proclama punk negadora del futuro -nihilista a la vez que descriptiva de lo que hay- subyace en lo más hondo de la cuestión.

Precisamente, uno de los aspectos más perversos de la actual situación económica y sociopolítica, es la pesada hipoteca que establece sobre las vidas de futuras generaciones.

Todos los que han montado el tinglao de la crisis así como los que la están gestionando con vanas promesas de sacarnos de ella podrían decir como aquella monja vieja: “para lo que me queda en el convento me cago dentro”. Los facinerosos de la gerontocracia dominante saben que a pesar de todos sus sucios trapicheos, les quedan por vivir dos telediarios y la de la guadaña les espera inexorable al volver la próxima esquina, pero el descalabro putrefacto que dejan como herencia, va a contaminar por muchos años los sueños de las generaciones venideras.

Cualquier adolescente de los que en estos días aciagos sale con coraje y determinación a cortar el tráfico ciudadano para mostrar su repulsa por lo que está pasando, sabe que en su porvenir sólo se vislumbra un negro panorama de precariedad y desaliento.

¿Repartir pizzas a domicilio? ¿Trabajar en la hostelería tropecientas horas por un sueldo de miseria? ¿Mendigar un minijob de 400€ en la ETT del barrio?

Para ese viaje no hacen falta alforjas, ni anhelos, ni ideales.

No hace tanto, cualquier persona podía conjeturar que el disfrutar de una vida digna estaba en buena medida relacionado con el hecho de vivirla con honradez, coraje y esfuerzo. Eso, que siempre ha sido cuestionable, ahora es sencillamente impensable. Los Fabras, Urdangarines, Bigotes y demás ralea han devenido en abyectos modelos de conducta en un contexto social en el que el trabajar bien o estudiar con aprovechamiento, se han convertido para los más jóvenes en un afán sin objeto, en el que la única manera de lograr un trabajo miserable es adelgazar el currículum ocultando títulos y destrezas excesivas.

Nos sentimos en demasiadas ocasiones tan encerrados en el ojo del huracán de los más recientes e insaciables atropellos de la codicia sin límites del capitalismo que carecemos de la distancia crítica necesaria y perdemos a menudo la perspectiva. Se diría que estamos atascados en la parte central y más oscura del túnel: la luz que creímos dejar en la entrada, ya ni la recordamos, la de salida no la podemos imaginar ni en nuestros delirios más osados…

En un entorno semejante, si el camino que nos destinan no parece que nos lleve a corto plazo a ninguna lugar que valga la pena, la pertinaz proclama punk cobra un nuevo sentido: si no hay futuro, ¿Por qué transigir con un presente indigno? Si no hay apenas nada que perder, ¿Por qué no explorar todo aquello que tenemos por ganar?

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